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lunes, 29 de junio de 2026

Pinceles de silicio, manos de carne: por qué el futuro del arte será híbrido

 

Bernabé Mallo

Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
Investigador en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte. / PhD in Philosophy – University of the Basque Country (UPV/EHU)
Researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origins of art.

Una reseña del artículo de Hengran Yang (2025): Artificial intelligence art robots: the future of technological art or the end of the human artist?


Introducción: ¿sustitución o colaboración?

En 2018, un retrato generado por inteligencia artificial se subastó en Christie's por 432.500 dólares. La obra, titulada Portrait of Edmond de Belamy, fue creada por el colectivo francés Obvious y presentaba un aspecto clásico —un hombre de rostro borroso, vestido con una chaqueta oscura— que recordaba a la pintura del Antiguo Régimen. Su precio final superó con creces la estimación inicial, y el acontecimiento fue interpretado por muchos como el pistoletazo de salida de una nueva era: la del arte sin artista.

Ese mismo año, un robot llamado Ai-Da —con rasgos femeninos, brazos articulados y cámaras en los ojos— comenzaba a dibujar y pintar utilizando algoritmos de aprendizaje profundo. Poco después expondría en la Bienal de Venecia. La pregunta que estos acontecimientos hicieron inevitable no es ya una especulación futurista, sino un debate urgente: ¿estamos asistiendo al ocaso del artista humano? ¿O, por el contrario, la tecnología está abriendo nuevas vías para una creatividad ampliada, híbrida, inédita?

Hengran Yang, en un artículo publicado en 2025 en la International Theory and Practice in Humanities and Social Sciences, aborda precisamente esta cuestión . Su objetivo es doble: por un lado, trazar la evolución histórica del arte generado por inteligencia artificial —desde los experimentos algorítmicos de los años sesenta hasta las redes generativas antagónicas (GAN) y los robots artistas contemporáneos—; por otro, evaluar si estas tecnologías representan una amenaza existencial para el arte humano o, más bien, una oportunidad para repensar la creatividad en términos colaborativos.

La conclusión de Yang es matizada, pero clara: la inteligencia artificial no está llamada a reemplazar al artista humano, sino a complementarlo. Sus capacidades técnicas son impresionantes, pero carecen de algo fundamental que solo un cuerpo encarnado, una historia personal y una sensibilidad cultural pueden aportar: la expresión emocional genuina y la capacidad de infundir significado compartido. De ahí la metáfora que da título a esta reseña: los pinceles pueden ser de silicio, pero las manos que los guían siguen siendo de carne. Y en esa tensión —entre lo algorítmico y lo orgánico— se juega el futuro del arte.

Desde la perspectiva de nuestra investigación sobre el modelo S/Y/C y la Filosofía Quirúrgica, este artículo ofrece una oportunidad para contrastar dos aproximaciones: la de Yang, centrada en la evolución tecnológica y las implicaciones sociológicas, y la nuestra, que indaga en las bases biológicas y simbólicas de la experiencia estética (Mallo, 2023, 2025, 2026a, 2026b). El resultado, como veremos, es una complementariedad más que una oposición.


Un recorrido histórico: de los algoritmos a Ai-Da

Yang realiza un recorrido histórico que ayuda a contextualizar el presente. Los primeros experimentos de arte algorítmico se remontan a los años sesenta, cuando pioneros como Harold Cohen desarrollaron sistemas como AARON, capaz de generar dibujos autónomos. Estas primeras aproximaciones eran, sin embargo, limitadas: los algoritmos seguían reglas explícitas programadas por humanos, y su "creatividad" era, en el fondo, una proyección de las decisiones del programador.

El salto cualitativo se produjo con la irrupción de las redes generativas antagónicas (GAN), desarrolladas por Ian Goodfellow en 2014. Este tipo de arquitectura, basada en la competencia entre dos redes —una que genera, otra que discrimina—, permitió que las máquinas aprendieran a producir imágenes, música y textos con un nivel de realismo y variedad antes inimaginable. Precisamente, el Portrait of Edmond de Belamy fue generado mediante una GAN entrenada con un conjunto de 15.000 retratos pintados entre los siglos XIV y XX.

El último hito en este recorrido son los robots artistas como Ai-Da, un sistema antropomórfico capaz de dibujar y pintar utilizando algoritmos de aprendizaje profundo. Ai-Da no solo genera obras; las presenta en galerías, concede entrevistas y participa en paneles de discusión. Su existencia plantea una pregunta incómoda: si un robot puede comportarse como un artista —exponer, hablar sobre su obra, interactuar con el público—, ¿en qué se diferencia de un artista humano?

La respuesta de Yang es que la diferencia es ontológica: el robot no tiene conciencia, no experimenta emociones, no posee una biografía ni una sensibilidad cultural. Su comportamiento es una simulación, no una expresión. Pero la simulación, advierte el autor, puede ser tan efectiva que el público tienda a tratarla como si fuera real. Y ahí reside el peligro: que la técnica nos haga olvidar lo que el arte, en su origen y en su función, significa para los seres humanos.


Autoría, creatividad y la sombra de la intencionalidad

Una de las contribuciones más valiosas del artículo de Yang es su análisis de las cuestiones filosóficas y éticas que el arte de IA suscita . Entre ellas, destacan tres: la autoría, la creatividad y la intencionalidad.

Autoría: Yang sostiene que la irrupción de la IA disuelve la figura clásica del autor individual. La responsabilidad creativa se fragmenta y se reparte entre múltiples instancias: la arquitectura del sistema, la selección de los datos de entrenamiento, el ajuste de los parámetros, las decisiones del operador, e incluso los elementos aleatorios que introducen los modelos generativos. El resultado es una red de agencia distribuida donde la contribución humana y la mecánica se entrelazan sin que una anule a la otra. Las categorías legales y estéticas heredadas —pensadas para un mundo de autores singulares y obras originales— se quedan cortas ante esta nueva complejidad.

Creatividad: ¿puede una máquina ser creativa? Yang responde con un matiz. Las máquinas pueden generar novedad estadística —combinaciones imprevistas de elementos aprendidos—, pero no pueden generar novedad ontológica —algo que rompa radicalmente con el pasado, que introduzca una nueva forma de ver el mundo. La creatividad humana es siempre, en cierta medida, transgresora. La de la IA es, por ahora, combinatoria.

Intencionalidad: este es el punto más delicado. Yang sostiene que los sistemas de IA no poseen intencionalidad en el sentido filosófico del término. No persiguen fines, no toman decisiones deliberadas, no buscan comunicar algo a un espectador. Procesan datos, optimizan funciones, generan salidas. Pero no hay nadie "dentro" que quiera decir algo. Y sin intencionalidad, sostiene Yang, no hay arte en el sentido plenamente humano.

Esta carencia no es necesariamente un defecto. La IA puede ser una herramienta poderosa para los artistas humanos, ampliando su capacidad de exploración, ofreciéndoles variaciones inesperadas, liberándoles de tareas tediosas. Pero el lugar del artista —como fuente de intencionalidad, como sujeto encarnado, como agente moral y afectivo— sigue siendo, por ahora, exclusivamente humano.


La dimensión emocional y cultural: lo que la IA no puede (todavía) simular

Otro aspecto destacado del análisis de Yang es su énfasis en la dimensión emocional y cultural del arte. Las máquinas pueden generar obras formalmente complejas, pero carecen de expresión emocional humana y sensibilidad cultural .

¿Qué significa esto en la práctica? Un algoritmo puede pintar un paisaje invernal, pero no ha sentido nunca el frío. Puede componer una marcha fúnebre, pero no ha perdido a nadie. Puede escribir un poema de amor, pero no ha amado. El arte humano nace de la experiencia vivida, del cuerpo que siente, de la memoria que duele y celebra. La IA, por su parte, opera sobre datos, no sobre vivencias. El Portrait of Edmond de Belamy es visualmente interesante, pero no hay detrás una biografía, una angustia, un deseo de trascendencia. Hay una función de pérdida, un optimizador, un conjunto de 15.000 retratos.

La sensibilidad cultural es igualmente irreductible. Una obra de arte no flota en un vacío abstracto; pertenece a una tradición, dialoga con otras obras, se inscribe en una historia compartida. La IA puede aprender patrones estilísticos, pero no puede comprender el significado cultural de esos patrones. No sabe por qué ciertas formas conmueven en un contexto y no en otro, ni cómo una tradición artística se transforma a lo largo del tiempo en respuesta a cambios sociales, políticos o tecnológicos.

Esta limitación no invalida el arte de IA, pero sí lo sitúa en su lugar adecuado: no como sustituto del arte humano, sino como herramienta de exploración estética que amplía el repertorio formal disponible para los artistas.


Hacia una colaboración humano-máquina: el futuro según Yang

La conclusión de Yang es explícita: la IA desempeñará un papel complementario, no competitivo, en el ecosistema artístico . El futuro no es la sustitución del artista humano por la máquina, sino la colaboración entre ambos.

¿En qué consistiría esta colaboración? Yang sugiere varias líneas. En primer lugar, los artistas humanos podrán utilizar la IA como un asistente creativo, generando variaciones, explorando posibilidades estilísticas, superando bloqueos técnicos. En segundo lugar, la IA podrá ser utilizada para democratizar el acceso a la creación artística, permitiendo que personas sin formación técnica o artística puedan expresarse. En tercer lugar, la IA podrá contribuir a nuevas formas de arte híbrido, donde la frontera entre lo humano y lo algorítmico se vuelva intencionadamente difusa.

Esta visión optimista no es ingenua. Yang advierte sobre los riesgos: la homogeneización estilística que puede derivarse de la dependencia de los mismos conjuntos de datos; la desposesión del artista cuando el sistema es tan autónomo que la contribución humana se diluye; la mercantilización de la creatividad cuando las obras generadas por IA inundan el mercado.

Para evitar estos peligros, Yang propone una alfabetización tecnológica de los artistas. No se trata de que todos se conviertan en programadores, sino de que comprendan lo suficiente para usar la IA con criterio, para criticar sus resultados, para integrarla en su práctica sin perderse a sí mismos.


Conexión con la investigación sobre el origen del arte (S/Y/C)

El artículo de Yang resuena profundamente con la investigación que venimos desarrollando sobre el modelo S/Y/C del funcionamiento neuronal y la Ley de coherencia biológica (Mallo, 2023, 2025, 2026a, 2026b). Sus conclusiones sobre los límites de la IA pueden reinterpretarse a la luz de nuestras tres dimensiones.

La dimensión S (Supervivencia) nos recuerda que el arte humano está enraizado en necesidades homeostáticas. El artista crea porque siente —dolor, alegría, asombro, pérdida— y porque necesita procesar esas sensaciones para mantener el equilibrio. La IA no tiene cuerpo, no experimenta necesidades vitales. Puede producir objetos formales, pero no responde a la pulsión de supervivencia que, en los humanos, impulsa la creación.

La dimensión Y (Symbolon) es central para entender la diferencia entre la expresión humana y la generación algorítmica. El symbolon es un acto de reconocimiento mediante códigos compartidos, un puente entre subjetividades. Cuando un humano contempla una obra, no solo procesa formas; reconoce intenciones, emociones, significados. La IA puede manipular símbolos, pero no habita el símbolo. No hay nadie dentro que reconozca o sea reconocido. El arte humano es symbolon vivido; el arte de IA es symbolon simulado.

La dimensión C (Completitud) apunta a la necesidad humana de cerrar formas, de encontrar totalidades coherentes. El arte nos satisface cuando logra esa completitud —cuando la forma se cierra, el ritmo se resuelve, el significado emerge. La IA puede generar objetos formalmente cerrados, pero no experimenta la pulsión hacia la completitud. Su "obra" no es el resultado de un anhelo, sino de un cálculo.

La Filosofía Quirúrgica nos invita a aplicar un corte analítico preciso al debate planteado por Yang. No se trata de rechazar la IA ni de aceptarla acríticamente, sino de distinguir niveles. En el nivel de la producción técnica, la IA es una herramienta poderosa. En el nivel de la experiencia estética plena —esa que involucra supervivencia, símbolo y completitud—, el lugar del artista sigue siendo humano.

Yang acierta al señalar la falta de intencionalidad y emoción en la IA, pero no profundiza en las bases biológicas de esa carencia. Nuestra investigación ofrece ese fundamento: la IA no puede tener intencionalidad porque la intencionalidad no es una función computable, sino un atributo de los sistemas vivos que necesitan sobrevivir, simbolizar y completar sentidos.


Consideraciones finales: el arte como encuentro entre cuerpos y sentidos

El artículo de Hengran Yang tiene el mérito de ofrecer una visión equilibrada y bien informada del arte generado por IA. No cae ni en la apocalipsis tecnófoba ni en la euforia acrítica. Reconoce las capacidades de las máquinas, pero también sus límites. Y propone un futuro de colaboración, no de sustitución.

Desde nuestra perspectiva, ese futuro es deseable y probable. Pero para que la colaboración sea genuina, no debemos perder de vista lo que el arte humano tiene de irreductible: su origen en un cuerpo que siente, su función en la regulación homeostática, su poder para crear símbolos compartidos, su pulsión hacia la completitud. La IA puede ser una aliada en esta tarea, pero no puede asumirla por sí misma.

El arte, en definitiva, no es solo cuestión de producir objetos bellos. Es un encuentro entre subjetividades encarnadas. Un encuentro que requiere que alguien sienta para que alguien pueda reconocer ese sentir. La IA puede facilitar el encuentro, pero no puede ocupar el lugar de ninguno de los dos polos. Los pinceles pueden ser de silicio, pero las manos que los guían —y los corazones que laten tras ellas— siguen siendo de carne.

Y mientras recordemos eso, podremos usar los algoritmos sin miedo, pero también sin ingenuidad. Como herramientas, no como ídolos. Como extensiones de nuestra creatividad, no como sustitutos de nuestra condición.


Referencias bibliográficas

Mallo, B. (2023). La construcción neuro-simbólica. Una aproximación al funcionamiento del cerebro desde una perspectiva multidisciplinar [Tesis doctoral, Universidad del País Vasco - Euskal Herriko Unibertsitatea]. Repositorio ADDI. http://hdl.handle.net/10810/62701

Mallo, B. (2025). Arte y biología: Una aproximación neurofilosófica al origen de la experiencia estética. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://www.amazon.com/dp/B0E8Y5WZMK

Mallo, B. (2025). Art and biology: A neurophilosophical approach to the origin of aesthetic experience. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://www.amazon.com/dp/B0E8Y6C2XN

Mallo, B. (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57196

Mallo, B. (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo [Versión Kindle]. Amazon. https://www.amazon.com/dp/B0GYGTJD5C

Mallo, B. (2026b). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57197

Mallo, B. (2026b). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage [Kindle edition]. Amazon. https://www.amazon.com/dp/B0GY89SZS1

Yang, Hengran (2025). Artificial intelligence art robots: the future of technological art or the end of the human artist? International Theory and Practice in Humanities and Social Sciences 2 (1):243-251. https://philpapers.org/rec/YANAIA-4


Autor / Author


Bernabé Mallo
 Doctor en Filosofía – Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Investigador independiente en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte.
 

Bernabé Mallo
 PhD in Philosophy – University of the Basque Country / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Independent researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origin of art.

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Página de autor Amazon / Amazon Author Page: https://www.amazon.com/author/bernabemallo
ORCID: https://orcid.org/0000-0001-9002-9728
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jueves, 4 de junio de 2026

El robot que pinta, pero no es artista: lo que la gente piensa sobre la inteligencia artificial y el arte

 

Bernabé Mallo

Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
Investigador en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte. / PhD in Philosophy – University of the Basque Country (UPV/EHU)
Researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origins of art.

Una reseña del estudio de Mikalonytė y Kneer (2022): Can Artificial Intelligence Make Art?


Introducción: ¿puede una máquina ser artista?

En los últimos años, los sistemas de inteligencia artificial han sorprendido al mundo con su capacidad para generar imágenes, música y textos que, en muchos casos, resultan indistinguibles de las creaciones humanas. Algoritmos como DALL-E, Midjourney o Stable Diffusion producen obras visuales de una calidad que hace una década habría parecido imposible. Robots como Ai-Da exponen en galerías de arte contemporáneo. Y el público, en general, contempla estos fenómenos con una mezcla de fascinación y perplejidad.

Pero una pregunta fundamental persiste, y no es puramente técnica: ¿puede considerarse arte lo que genera una máquina? ¿Puede un robot ser llamado artista?

Estas cuestiones, que parecen sacadas de una novela de Philip K. Dick, han entrado de lleno en el dominio de la investigación empírica. Un estudio publicado en 2022 por Elzė Sigutė Mikalonytė y Markus Kneer, en la revista ACM Transactions on Human-Robot Interactions, aborda precisamente esta cuestión con herramientas de la psicología experimental y la filosofía experimental (o "x-phi") .

Los resultados, como veremos, son sorprendentes y reveladores: la gente está dispuesta a aceptar que las pinturas generadas por robots pueden ser arte, pero se muestra muy reacia a conceder a esos mismos robots el estatus de artistas. Esta disociación, argumentaremos, no es un mero prejuicio, sino una pista profunda sobre lo que entendemos por creatividad, intencionalidad y, en última instancia, sobre el origen mismo del arte.


El estudio: ¿qué pensamos realmente de las pinturas hechas por robots?

Mikalonytė y Kneer diseñaron dos experimentos con un total de 693 participantes para explorar la percepción pública del arte generado por IA . Manipularon tres factores fundamentales:

  1. El tipo de agente: un robot impulsado por IA versus un ser humano.

  2. El tipo de comportamiento: creación intencional de una pintura versus creación accidental.

  3. El tipo de objeto: pintura abstracta versus pintura figurativa (representacional).

Los participantes debían evaluar, por un lado, si la pintura producida era considerada arte y, por otro, si el agente (robot o humano) merecía ser considerado artista.

Los resultados fueron claros y consistentes. En primer lugar, las personas juzgaron que las pinturas hechas por robots y las hechas por humanos son arte en una medida aproximadamente equivalente. Es decir, el público no rechaza automáticamente una obra por el hecho de haber sido generada por una máquina. Si el resultado visual es similar, la etiqueta "arte" se aplica con generosidad.

Sin embargo —y este es el hallazgo central—, las personas son mucho menos propensas a considerar a los robots como artistas. Aunque aceptan que la obra puede ser arte, se resisten a atribuir al robot el estatus de artista. Esta disociación no es trivial: revela que, para el público, ser artista implica algo más que producir objetos estéticamente valorables. 


¿Por qué un robot no puede ser artista? La cuestión de la intencionalidad

El estudio de Mikalonytė y Kneer ofrece una pista crucial para explicar esta resistencia: la gente está menos dispuesta a atribuir intenciones artísticas a los robots . En otras palabras, aunque un robot pueda generar una imagen que consideramos bella o interesante, no creemos que detrás de esa imagen haya un propósito, una voluntad de expresión, un deseo de comunicar algo.

Esta es una diferencia fundamental. La tradición filosófica del arte, desde el Romanticismo al menos, ha puesto el énfasis en la intencionalidad del creador. El artista no es solo un artesano que produce objetos, sino un sujeto que expresa su interioridad, que comunica sus emociones, que busca provocar una respuesta en el espectador.

Cuando contemplamos una pintura humana, incluso si es abstracta, tendemos a preguntarnos: ¿qué quiso decir el artista? ¿Qué sentía? ¿Qué intentaba comunicar? Estas preguntas presuponen una mente, una subjetividad, una historia personal. En el caso de un robot, por sofisticado que sea su algoritmo, no hay nadie "dentro" que pueda querer, sentir o comunicar en ese sentido pleno.

El experimento confirma esta intuición: la atribución de intencionalidad artística es un predictivo clave de la disposición a conceder el estatus de artista. Y esa atribución, simplemente, no se da en el caso de los robots, al menos no en la misma medida que en el caso de los humanos.


Artefacto versus autor: la paradoja del arte generado por IA

El estudio de Mikalonytė y Kneer pone de manifiesto una paradoja interesante. Por un lado, la cultura contemporánea ha ampliado enormemente el concepto de arte: el ready-made de Duchamp, el arte conceptual, las instalaciones, el performance... Todo ello ha desplazado la atención del objeto a la idea, del producto al proceso. Podría pensarse que, en este contexto, atribuir estatus artístico a una obra generada por IA no debería ser problemático.

Sin embargo, el público sigue estableciendo una distinción clara entre la obra y su autor. La obra puede ser arte, pero el robot no es artista. ¿Qué significa esto? Quizás que, en el fondo, seguimos concibiendo el arte como un acto de comunicación entre subjetividades. La obra es el vehículo, el artista es la fuente. Si no hay una fuente consciente, intencional, encarnada, entonces la obra, por bella que sea, se convierte en un artefacto huérfano, en un mensaje sin remitente.

Esta intuición popular, lejos de ser un mero prejuicio tecnófobo, tiene profundas raíces filosóficas. Autores como Walter Benjamin hablaron del "aura" de la obra de arte original, vinculada a su presencia única en el tiempo y el espacio. Otros, como Richard Wollheim, insistieron en que la comprensión del arte requiere atribuir al artista un estado mental —una intención, una emoción, una creencia— que se expresa en la obra. Sin esa atribución, la experiencia estética se empobrece o se transforma en otra cosa.


Conexión con la investigación sobre el origen del arte (S/Y/C)

Este estudio experimental conecta de manera directa con la investigación que venimos desarrollando sobre el modelo S/Y/C del funcionamiento neuronal y la Ley de coherencia biológica.

La resistencia del público a considerar a los robots como artistas se debe, fundamentalmente, a que la gente no les atribuye intencionalidad artística. Y la intencionalidad artística, desde nuestro modelo, es una manifestación de la dimensión Y (Symbolon), pero también de S (Supervivencia) y C (Completitud).

  • S (Supervivencia): La intencionalidad artística no es un lujo abstracto. Está enraizada en la necesidad biológica de regular nuestros estados afectivos. El artista crea porque siente, porque le duele, porque le alegra, porque necesita procesar el mundo para sobrevivir en él. Un robot no tiene estas necesidades porque no tiene un cuerpo que preservar, ni una historia evolutiva de miedos y esperanzas, ni una biografía personal de pérdidas y amores.

  • Y (Symbolon): La intención artística es, ante todo, una intención simbólica. El artista no solo produce formas: produce symbolon, actos de reconocimiento mediante códigos compartidos. Quiere que el espectador vea algo, sienta algo, reconozca algo. El robot puede manipular símbolos con eficacia, pero no habita el símbolo. No hay nadie "dentro" que intente reconocer o ser reconocido.

  • C (Completitud): El artista busca, a través de su obra, alcanzar una forma de completitud —cerrar una forma, resolver un ritmo, integrar una experiencia dispersa en una totalidad coherente. Esa pulsión hacia la completitud es una necesidad biológica y existencial del organismo vivo. Un robot no la experimenta porque no es un ser que se despliegue en el tiempo hacia un fin, ni que anhele integrarse en un todo más grande que él mismo.

El estudio de Mikalonytė y Kneer confirma empíricamente lo que nuestra Filosofía Quirúrgica predice: el público no es irracional al resistirse a llamar "artista" a un robot. Simplemente está detectando, quizás de manera implícita, que la creatividad artística plena requiere algo que las máquinas, por ahora, no poseen: un cuerpo que siente, una intención que se expresa, una subjetividad que se despliega en el tiempo.


Implicaciones para el futuro del arte y la IA

¿Significa esto que la inteligencia artificial no tiene nada que aportar al mundo del arte? En absoluto. El estudio muestra que el público está dispuesto a considerar las obras generadas por IA como arte. Y eso es un reconocimiento importante: los algoritmos pueden producir objetos con un valor estético genuino, que nos interpelan, nos emocionan, nos hacen pensar.

Sin embargo, la reticencia a llamar "artistas" a los robots no es un obstáculo que deba ser eliminado, sino una distinción que debemos preservar. Nos recuerda que el arte no es solo una cuestión de productos, sino de procesos encarnados. El arte es el testimonio de que hay alguien —un ser de carne y hueso, con una historia, con un cuerpo que siente— que ha querido decir algo. Ese "alguien" es insustituible.

La inteligencia artificial puede ser una herramienta poderosa para los artistas humanos. Puede ampliar su creatividad, ofrecerles variaciones inesperadas, liberarles de tareas tediosas. Pero el lugar del artista —como fuente de intencionalidad, como sujeto encarnado, como agente moral y afectivo— seguirá siendo, previsiblemente, humano. Porque el arte, en su esencia, es el encuentro entre dos subjetividades: la del creador y la del espectador. Y ese encuentro, por ahora, solo puede ocurrir entre seres que sienten.


Consideraciones finales: el arte como encuentro de subjetividades

El estudio de Mikalonytė y Kneer nos ofrece una lección valiosa para la investigación sobre el origen del arte. El arte humano no nació como una mera producción de objetos bellos. Nació como una forma de comunicación afectiva, como un puente entre mentes atrapadas en la soledad de sus cráneos. El arte es, ante todo, un acto de expresión y un llamado a la respuesta.

Por eso, aunque una máquina pueda producir objetos formalmente análogos a los humanos, no puede ocupar el lugar del artista. Porque el artista no es solo un productor de formas: es un ser que dice algo, que busca ser escuchado, que comparte su mundo interior. Y eso, quizás, es lo más humano que existe.

La inteligencia artificial puede imitar el producto. Pero el proceso —el temblor de la mano, la duda ante el lienzo, la alegría del trazo logrado, la esperanza de que alguien, algún día, entienda lo que quisiste decir— sigue siendo, por ahora, patrimonio exclusivo de lo vivo.


Referencias bibliográficas

López Mallo, J. B. (2023). La construcción neuro-simbólica. Una aproximación al funcionamiento del cerebro desde una perspectiva multidisciplinar [Tesis doctoral, Universidad del País Vasco - Euskal Herriko Unibertsitatea]. Repositorio ADDI. http://hdl.handle.net/10810/62701

 https://catalogo.sanchoelsabio.eus 

López Mallo, J. B. (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57196

https://www.amazon.com/dp/B0GYGTJD5C 

López Mallo, J. B. (2026b). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57197

 https://www.amazon.com/dp/B0GY89SZS1 

Mikalonytė, E. S., & Kneer, M. (2022). Can artificial intelligence make art? ACM Transactions on Human-Robot Interaction, 11(4), 1–21. https://doi.org/10.1145/3510829

 

Autor / Author


Bernabé Mallo
 Doctor en Filosofía – Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Investigador independiente en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte.
 

Bernabé Mallo
 PhD in Philosophy – University of the Basque Country / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Independent researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origin of art.

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Página de autor Amazon / Amazon Author Page: https://www.amazon.com/author/bernabemallo
ORCID: https://orcid.org/0000-0001-9002-9728
Plataforma EHUenRed / Link EHUenRed:  https://www.ehu.eus/es/web/masterrak-eta-graduondokoak/red-latinoamericana-de-posgrados
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Publicaciones y proyectos en desarrollo / Publications and projects: 
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https://ehuenred.theglocal.network/ideas/el-origen-del-arte-en-el-cerebro-de-makapansgat-al-moma-del-primate-al-sapiens

 

lunes, 1 de junio de 2026

¿Robot o artista? La inteligencia artificial ante el espejo de la creatividad humana Un comentario sobre el artículo de Hengran Yang (2025): Artificial intelligence art robots

 Bernabé Mallo

Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
Investigador en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte. / PhD in Philosophy – University of the Basque Country (UPV/EHU)
Researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origins of art.

 

Introducción: una pregunta que no es nueva, pero que urge responder

¿Puede una máquina ser artista? ¿El futuro del arte pertenecerá a los robots programados para generar belleza, o la creatividad seguirá siendo un reducto exclusivamente humano? Estas preguntas, que hace una década sonaban a ciencia ficción, ocupan hoy las primeras páginas de revistas de filosofía, estudios culturales y, cada vez más, de laboratorios de inteligencia artificial.

El artículo de Hengran Yang (2025), titulado Artificial intelligence art robots: the future of technological art or the end of the human artist?, publicado en la International Theory and Practice in Humanities and Social Sciences, aborda precisamente este debate. Yang ofrece un recorrido histórico por el arte generado por IA, analiza sus implicaciones filosóficas y éticas, y concluye que, aunque estas tecnologías pueden producir obras formalmente complejas, carecen de expresión emocional humana y sensibilidad cultural. Propone, así, un papel complementario para la IA en el ecosistema artístico, no sustitutivo.

Desde la perspectiva de mi investigación —que integra neurociencia, filosofía y antropología en el marco de la Filosofía Quirúrgica y la Ley de coherencia biológica S/Y/C—, el trabajo de Yang resulta valioso como punto de partida. Pero también revela una limitación fundamental: su análisis se mueve en el nivel de la filosofía del arte tradicional y los estudios culturales, sin abordar la base neurobiológica y evolutiva de la experiencia estética. Ese es el vacío que nuestra investigación intenta llenar.

 

¿Qué dice Yang?

Yang estructura su trabajo en varias secciones clave. En primer lugar, reconstruye la evolución histórica del arte con IA, desde los experimentos algorítmicos de los años 60 hasta el desarrollo contemporáneo de Redes Generativas Antagónicas (GAN) y robots artistas como Ai-Da, capaz de dibujar y pintar utilizando algoritmos de aprendizaje profundo.

A continuación, analiza las cuestiones filosóficas y éticas que este fenómeno suscita: ¿quién es el autor de una obra generada por IA? ¿Puede una máquina ser considerada creativa? ¿Qué ocurre con el valor del trabajo artístico humano cuando una máquina puede producir miles de obras en segundos?

La conclusión de Yang es matizada. Reconoce las capacidades técnicas de la IA —su capacidad para generar imágenes, música o textos con una complejidad formal impresionante—, pero subraya que estos sistemas no poseen conciencia, intencionalidad ni experiencia subjetiva. Por ello, la IA no puede reemplazar al artista humano, sino que debe entenderse como una herramienta colaborativa. Los artistas del futuro, sugiere Yang, necesitarán desarrollar competencias técnicas para trabajar con la IA, no para competir contra ella.


Filosofía Quirúrgica: extirpar la confusión entre producto y proceso

Desde la Filosofía Quirúrgica que desarrollo en mi trabajo, el primer paso ante un problema mal planteado es realizar un corte analítico preciso. En el debate sobre IA y arte, la confusión fundamental consiste en equiparar dos cosas radicalmente diferentes: el producto formal (una imagen, una sinfonía, un poema) y el proceso encarnado que, en los seres humanos, da lugar a ese producto.

Una IA puede generar una imagen que, vista desde fuera, sea indistinguible de una pintura humana. Pero lo que no tiene es: 

  • Un cuerpo que siente: La IA no tiene sistema nervioso autónomo, no experimenta taquicardia ante la belleza, ni escalofríos ante la tragedia, ni la quietud ante lo sublime.

  • Una historia evolutiva: La IA no desciende de primates que durante millones de años aprendieron a detectar patrones, evitar depredadores y colaborar en grupo.

  • Una biografía personal: La IA no ha sufrido pérdidas, no ha amado, no ha temido a la muerte. No tiene, en suma, un yo que se despliega en el tiempo.

El error que la Filosofía Quirúrgica ayuda a extirpar es creer que, porque el producto es similar, el proceso es equivalente. No lo es. Y esa diferencia es la que importa para comprender el arte como fenómeno humano.


S/ Y/ C: por qué la IA no puede (todavía) ser artista

Nuestra Ley de coherencia biológica S/Y/C sostiene que el funcionamiento neuronal se basa en una única función subdividida en tres subfunciones concatenadas que operan como una sola unidad: S (Supervivencia), Y (Symbolon) y C (Completitud). Estas tres constituyen el sustrato de toda experiencia humana, incluida la artística. Examinemos cada una de ellas en el ser humano y preguntémonos si la inteligencia artificial puede, siquiera, aproximarse a su despliegue.

La dimensión S, la supervivencia. En el ser humano, la emoción estética no flota en un vacío abstracto: está enraizada en mecanismos biológicos de detección de entornos favorables, recursos y señales de seguridad. El arte moviliza el sistema nervioso autónomo, acelera el corazón, eriza la piel, contiene la respiración. No es un adorno cultural superpuesto; es una activación profunda del cuerpo vivo que debe preservarse. La inteligencia artificial, por el contrario, no tiene un cuerpo que deba preservar. No experimenta miedo, placer, asombro o nostalgia. Su "respuesta" a un estímulo —si es que puede llamarse así— no es una vivencia, sino una función matemática que carece de la textura encarnada del sentir.

La dimensión Y, el symbolon. Los seres humanos creamos y compartimos símbolos desde una historia cultural compartida. El arte es, en su esencia, symbolon: un acto de reconocimiento mediante códigos comunes, un puente que conecta un interior con otro interior a través de una forma compartida. La inteligencia artificial puede manipular símbolos con una eficacia impresionante: procesa lenguaje, genera imágenes reconocibles, compone textos que imitan la coherencia discursiva. Pero no habita el símbolo. No hay nadie "dentro" de la máquina que reconozca o sea reconocido, que comparta el temblor de un significado descubierto, que celebre el encuentro entre un signo y su interpretación. La IA maneja el símbolo desde fuera; el ser humano lo vive desde dentro.

La dimensión C, la completitud. El cerebro humano busca cerrar formas, reducir incertidumbre, integrar las partes en un todo coherente. La belleza es, en buena medida, la experiencia subjetiva de una completitud alcanzada: una forma que se cierra, un ritmo que se resuelve, un significado que emerge como un todo orgánico. La inteligencia artificial puede generar objetos formalmente "cerrados" —sonetos con rima, imágenes con simetría, melodías con estructura—, pero no experimenta la pulsión hacia la completitud. No hay un sujeto que sienta alivio cuando el patrón se cierra, ni angustia cuando se fragmenta, ni anhelo cuando se intuye una totalidad aún no alcanzada. Hay forma, sin duda. Pero no hay experiencia de la forma.

La conclusión es clara: la inteligencia artificial puede imitar el producto del arte —la obra formalmente acabada, la imagen, el texto, la melodía—, pero no puede generar el proceso vivo que da sentido a ese producto. No tiene el sustrato S de un cuerpo que siente porque de él depende su supervivencia. No habita la dimensión Y del símbolo como acto de reconocimiento compartido. No siente la pulsión C hacia la completitud como una necesidad biológica y existencial.

El arte humano no es solo cuestión de forma. Es cuestión de un cuerpo que siente, un símbolo que se habita y una totalidad que se anhela. Y eso, por ahora, sigue siendo patrimonio exclusivo de lo vivo.

 

¿Y si la IA desarrollara conciencia? Una nota sobre el futuro

Un argumento recurrente entre los defensores del "arte por IA" es que, quizás en el futuro, las máquinas desarrollen conciencia. Si eso ocurriera —si una IA tuviera sensaciones, emociones, una biografía y un sentido de sí misma—, entonces la cuestión se reformularía por completo.

Pero ese no es el estado actual de la tecnología, ni siquiera un horizonte cercano. Hoy por hoy, los sistemas de IA son máquinas estadísticas que procesan ingentes cantidades de datos y generan salidas probabilísticas. No hay nadie en casa. No hay un yo que contemple el resultado de su propia generación y lo encuentre bello o vacío. Y sin ese yo, no hay arte en el sentido plenamente humano del término.

Como bien señala Yang, la IA es una herramienta complementaria. Puede amplificar la creatividad humana, ofrecer variaciones inesperadas, acelerar procesos técnicos. Pero no puede reemplazar al artista, porque el artista no es solo un generador de formas. El artista es un ser encarnado, situado, mortal, que utiliza el arte para sobrevivir simbólicamente, para construir significado y para alcanzar, aunque sea por un instante, la sensación de completitud.

 

Conclusión: el arte como testimonio de lo vivo

El artículo de Hengran Yang tiene el mérito de plantear las preguntas correctas y ofrecer un análisis equilibrado, alejado tanto del entusiasmo tecnológico acrítico como del rechazo conservador. Sin embargo, desde la perspectiva de mi investigación —que integra neurociencia, filosofía y antropología en el marco de la Filosofía Quirúrgica y la Ley de coherencia biológica S/Y/C—, su análisis se queda corto en un aspecto crucial: no aborda por qué el arte humano importa biológicamente, no solo culturalmente.

El arte no es un lujo de la corteza cerebral. Es una expresión de la función única del sistema nervioso: una función que necesita sobrevivir, simbolizar y completar sentidos. La IA puede imitar la forma, pero no puede generar el sustrato vivo del que esa forma emerge. Por eso, el futuro del arte no es la sustitución del humano por la máquina, sino la colaboración entre ambos, siempre que no olvidemos quién pone el cuerpo, la historia y el sentido.

Y ese es, quizás, el verdadero desafío filosófico de nuestro tiempo: distinguir la herramienta del artesano, el algoritmo de la encarnación, la simulación de la vivencia. La Filosofía Quirúrgica nos ofrece las herramientas para hacer ese corte con precisión. Aplicarlas es tarea de quienes aún creemos que el arte es, ante todo, un testimonio irremplazable de lo vivo.

 

Referencias bibliográficas

López Mallo, J. B. (2026). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57196

https://www.amazon.com/dp/B0GYGTJD5C  

López Mallo, J. B. (2026). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57197

https://www.amazon.com/dp/B0GY89SZS1  

López Mallo, J. B. (2023). La construcción neuro-simbólica. Una aproximación al funcionamiento del cerebro desde una perspectiva multidisciplinar [Tesis doctoral]. Universidad del País Vasco - Euskal Herriko Unibertsitatea. Repositorio ADDI. http://hdl.handle.net/10810/62701 

https://catalogo.sanchoelsabio.eus  

Yang, H. (2025). Artificial intelligence art robots: the future of technological art or the end of the human artist? International Theory and Practice in Humanities and Social Sciences, *2*(1), 243–251. https://doi.org/10.70693/itphss.v2i1.85

 

Autor / Author


Bernabé Mallo
 Doctor en Filosofía – Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Investigador independiente en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte.
 

Bernabé Mallo
 PhD in Philosophy – University of the Basque Country / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Independent researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origin of art.

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