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sábado, 13 de junio de 2026

El arte de la IA a la luz de Danto: ¿ruptura o continuidad?

 

Bernabé Mallo

Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
Investigador en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte. / PhD in Philosophy – University of the Basque Country (UPV/EHU)
Researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origins of art.

Una reseña del artículo de Raquel Cascales (2023): Interpreting AI-Generated Art: Arthur Danto‘s Perspective on Intention, Authorship, and Creative Traditions in the Age of Artificial Intelligence


Introducción: ¿qué pensaría Danto del arte generado por IA?

Arthur C. Danto, uno de los filósofos del arte más influyentes del siglo XX, falleció en 2013, justo antes de que la inteligencia artificial comenzara a irrumpir con fuerza en el mundo de la creación estética. No llegó a ver las pinturas generadas por redes neuronales, los poemas escritos por algoritmos o las sinfonías compuestas por sistemas autónomos. Pero su filosofía, como sostiene Raquel Cascales en un artículo publicado en 2023 en la Polish Journal of Aesthetics, ofrece herramientas conceptuales de gran valor para interpretar este fenómeno .

Cascales se pregunta: ¿cómo habría aplicado Danto sus ideas sobre el arte contemporáneo, la intención, la interpretación y la autoría a las obras generadas por IA? Y, más allá de eso, ¿constituye la irrupción de la IA en el arte una nueva ruptura con las tradiciones anteriores o, por el contrario, se inscribe en la misma narrativa que Danto consideraba ya concluida?

Este artículo, como veremos, no ofrece respuestas definitivas, pero sí abre preguntas fundamentales para la filosofía del arte en la era digital. Desde la perspectiva de nuestra investigación sobre el modelo S/Y/C y la Filosofía Quirúrgica, el análisis de Cascales resulta especialmente valioso porque nos obliga a precisar conceptos —intención, autoría, tradición— que son centrales para entender el origen del arte y su futuro.


Danto y el fin del arte: una breve introducción

Para comprender la relevancia del análisis de Cascales, es necesario recordar algunas ideas clave de Danto. El filósofo estadounidense es famoso por su tesis del "fin del arte" , que no debe malinterpretarse como una profecía apocalíptica. Danto no sostenía que el arte hubiera dejado de producirse o que hubiera perdido su valor. Sostenía, más bien, que la narrativa maestra que había guiado la historia del arte occidental —la búsqueda de la representación fiel, la expresión de la belleza, la exploración de la forma— había llegado a su término.

El arte contemporáneo, desde la irrupción del readymade de Duchamp, se caracteriza por ser posthistórico: ya no progresa hacia un fin determinado, sino que se despliega en un campo de posibilidades abierto donde todo está permitido, siempre que sea acompañado de una interpretación que lo instituya como arte. Lo que define a una obra como arte, para Danto, no es ninguna propiedad perceptible, sino su inscripción en un mundo del arte y la interpretación que de ella puede ofrecerse.

Esta concepción tiene implicaciones radicales para la cuestión de la IA. Si el arte es aquello que puede ser interpretado como arte dentro de una tradición y una teoría, entonces quizás una obra generada por un algoritmo podría, en principio, ser considerada arte. Pero Danto también otorgaba un papel central a la intención del autor y a la pertenencia a una tradición creativa. Y aquí es donde surgen las tensiones.


Intención y autoría: ¿puede un algoritmo tener intenciones?

Cascales analiza con detalle la cuestión de la intencionalidad en el arte generado por IA . Para Danto, la intención del artista es un componente crucial de la interpretación. No cualquier objeto puede ser arte, sino solo aquellos que han sido hechos con la intención de ser arte, o que pueden ser interpretados como si hubieran sido hechos con esa intención dentro de un contexto histórico y teórico adecuado.

El problema, como señala Cascales, es que los sistemas de IA no tienen intenciones en el sentido humano del término. No persiguen fines, no toman decisiones deliberadas, no buscan comunicar algo a un espectador. Procesan datos, optimizan funciones, generan salidas. Pero no hay nadie "dentro" que quiera decir algo. ¿Puede entonces una obra generada por IA ser considerada arte en el sentido dantiano?

Cascales sugiere que, en este punto, la filosofía de Danto muestra sus límites. Si la intención es indispensable, entonces el arte de IA no sería propiamente arte. Pero también es posible reinterpretar la noción de intención, ampliándola para incluir las intenciones de los diseñadores del sistema, o los usos que los espectadores hacen de la obra. Esta es una vía abierta, pero no exenta de dificultades.

La cuestión de la autoría es paralela. ¿Quién es el autor de una obra generada por IA? ¿El programador que diseñó el algoritmo? ¿El usuario que introdujo los parámetros? ¿El sistema mismo? Cascales no ofrece una respuesta única, sino que señala la complejidad del problema y la necesidad de revisar nuestras categorías tradicionales.


Tradición creativa y ruptura: ¿un nuevo capítulo o el fin definitivo?

Una de las preguntas más fascinantes que plantea Cascales es si la irrupción de la IA en el arte constituye una ruptura con las tradiciones artísticas anteriores o, por el contrario, se inscribe en la misma narrativa posthistórica que Danto consideraba ya concluida .

Por un lado, podría argumentarse que la IA representa algo radicalmente nuevo. Nunca antes habíamos tenido la posibilidad de delegar la generación de obras en sistemas autónomos no humanos. Esto, para algunos, es un cambio ontológico que redefine qué significa "crear". La IA no es una herramienta como el pincel o la cámara: es un agente con cierto grado de autonomía, aunque no de conciencia.

Por otro lado, podría sostenerse que la IA es solo la última de una larga serie de innovaciones tecnológicas que han ampliado las posibilidades del arte. La fotografía, el cine, la imagen digital ya fueron recibidas con escepticismo y finalmente integradas en las prácticas artísticas. La IA, desde esta perspectiva, no sería una ruptura, sino una continuación de la misma lógica de expansión del medio.

Cascales no se decanta claramente por ninguna de las dos opciones. Su contribución principal es mostrar que la filosofía de Danto proporciona un marco para formular la pregunta con precisión, aunque no para responderla definitivamente. Y eso, en sí mismo, es un avance.


Conexión con la investigación sobre el origen del arte (S/Y/C)

El análisis de Cascales resuena profundamente con la investigación que venimos desarrollando sobre el modelo S/Y/C del funcionamiento neuronal y la Ley de coherencia biológica. La cuestión de la intención y la autoría en el arte de IA nos obliga a precisar qué entendemos por estas nociones y cómo se relacionan con las dimensiones fundamentales de nuestra tesis.

La dimensión S (Supervivencia) nos recuerda que la intención artística humana no es un acto puramente racional o desencarnado. Está enraizada en necesidades homeostáticas: el artista crea porque siente, porque le duele, porque le alegra, porque necesita procesar el mundo para sobrevivir en él. La IA, al carecer de cuerpo y de necesidades vitales, no puede tener intenciones en este sentido pleno. Sus "salidas" no son expresiones de un estado interno, sino cálculos probabilísticos.

La dimensión Y (Symbolon) es central para entender la autoría. El artista es, en esencia, un symbolon viviente: un sujeto que habita los símbolos y los comparte con otros. La obra de arte es un symbolon que remite a una subjetividad que la habitó. La IA puede manipular símbolos, pero no habitarlos. Por eso, hablar de "autoría" en el caso de la IA es, cuando menos, problemático.

La dimensión C (Completitud) nos habla de la necesidad humana de cerrar formas, de alcanzar totalidades coherentes. El artista busca, a través de su obra, satisfacer esa pulsión. La IA puede generar objetos formalmente cerrados, pero no experimenta la necesidad de completitud. Su "obra" es un producto, no un acto.

La Filosofía Quirúrgica nos invita a aplicar un corte analítico preciso en este debate. No se trata de rechazar el arte de IA ni de aceptarlo acríticamente. Se trata de distinguir niveles: el nivel del producto (la obra generada) y el nivel del proceso (el acto creativo encarnado). En el primer nivel, la IA puede producir artefactos que la comunidad artística puede decidir llamar "arte". En el segundo nivel, sin embargo, la IA no puede ocupar el lugar del artista humano, porque carece de las dimensiones S, Y, C que definen la creatividad encarnada.

Cascales, al recurrir a Danto, nos ofrece una vía para pensar esta distinción. Danto nos enseñó que el arte no es solo cuestión de propiedades visibles, sino de interpretación y de inscripción en una tradición. La IA puede producir obras que sean interpretadas como arte dentro de nuestras prácticas. Pero lo que la interpretación no puede suplir es la ausencia de una subjetividad intencional que las respalde. Y esa ausencia, para quienes valoramos el arte como expresión de lo vivo, es insalvable.


Consideraciones finales: el arte después de Danto y después de la IA

El artículo de Raquel Cascales tiene el mérito de aplicar el marco dantiano a la cuestión del arte generado por IA con rigor y equilibrio. No cae en el entusiasmo tecnológico acrítico ni en el rechazo conservador. Señala las tensiones y las aporías, y nos invita a seguir pensando.

Desde nuestra perspectiva, la pregunta de si la IA produce arte no es una pregunta empírica, sino conceptual. Depende de lo que entendamos por arte. Si entendemos el arte como un producto formal que puede ser interpretado estéticamente, entonces la IA puede producir arte. Si entendemos el arte como un acto de expresión de una subjetividad encarnada, entonces la IA no puede, por principio, producir arte.

Nuestra investigación sobre el origen del arte en la especie Homo nos inclina hacia la segunda opción. El arte humano, desde sus primeras manifestaciones en Makapansgat o en las cuevas del Paleolítico, ha sido un testimonio de la vida que se sabe viva. Un testimonio que implica un cuerpo que siente, un símbolo que se habita, una totalidad que se anhela. La IA puede imitar las formas, pero no puede generar esa fuente. Porque esa fuente es la vida misma.

Y eso, quizás, es lo que Danto, con su sensibilidad para las grandes narrativas, habría comprendido. El arte posthistórico no es el arte sin artista. Es el arte en el que el artista, consciente de que todas las formas son posibles, elige libremente expresar su condición encarnada, finita, mortal. La IA no puede hacer esa elección. Y por eso, por muy sofisticados que sean sus algoritmos, no puede ocupar el lugar del creador.


Referencias bibliográficas

Cascales, R. (2023). Interpreting AI-generated art: Arthur Danto's perspective on intention, authorship, and creative traditions in the age of artificial intelligence. Polish Journal of Aesthetics, 71(4), 17–29. https://doi.org/10.7311/2665-2023-4-17

Mallo, Bernabé.  (2023). La construcción neuro-simbólica. Una aproximación al funcionamiento del cerebro desde una perspectiva multidisciplinar [Tesis doctoral, Universidad del País Vasco - Euskal Herriko Unibertsitatea]. Repositorio ADDI. http://hdl.handle.net/10810/62701

Mallo, Bernabé.  (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57196

Mallo, Bernabé.  (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo [Versión Kindle]. Amazon. https://www.amazon.com/dp/B0GYGTJD5C

Mallo, Bernabé.  (2026b). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57197

Mallo, Bernabé. (2026b). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage [Kindle edition]. Amazon. https://www.amazon.com/dp/B0GY89SZS1

Autor / Author


Bernabé Mallo
 Doctor en Filosofía – Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Investigador independiente en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte.
 

Bernabé Mallo
 PhD in Philosophy – University of the Basque Country / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Independent researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origin of art.

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ORCID: https://orcid.org/0000-0001-9002-9728
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Canal YouTube / Channel YouTube: https://www.youtube.com/channel/UCBsf6OZ482NjST6QA-hvYtQ
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sábado, 6 de junio de 2026

El arte de la inteligencia artificial: ¿una nueva harmonía o una ruptura silenciosa?

 

Bernabé Mallo

Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
Investigador en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte. / PhD in Philosophy – University of the Basque Country (UPV/EHU)
Researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origins of art.

Una reseña del artículo de Tao Feng (2022): A New Harmonisation of Art and Technology: Philosophic Interpretations of Artificial Intelligence Art


Introducción: cuando la máquina se convierte en "agente" artístico

¿Es el arte generado por inteligencia artificial una forma legítima de creación estética o, por el contrario, una ruptura con la tradición milenaria que ha definido lo humano? Esta pregunta, que hace apenas una década podía parecer especulativa, se ha convertido en un debate central de la filosofía del arte contemporánea. Los algoritmos generativos producen obras que ganan concursos de pintura, se subastan en casas reconocidas y se exhiben en museos de arte moderno. Y el público, entretanto, oscila entre la fascinación y la perplejidad.

El filósofo chino Tao Feng, en un artículo publicado en 2022 en la revista Critical Arts, aborda esta cuestión con un enfoque original y matizado . Su tesis central es que el arte de IA no puede ser reducido ni a una simple prolongación del arte humano ni a una mera curiosidad tecnológica. Se trata, más bien, de una forma especial que se sitúa "entre la belleza natural y el arte humano" , ocupando un territorio inédito que exige nuevas categorías interpretativas.

Feng propone una "nueva harmonización" entre arte y tecnología, un equilibrio que no ignore las diferencias fundamentales —la IA carece de intencionalidad y conciencia— pero que tampoco desdeñe las posibilidades creativas que abre. Desde la perspectiva de nuestra investigación sobre el modelo S/Y/C y la Filosofía Quirúrgica, el trabajo de Feng ofrece herramientas conceptuales valiosas para entender qué está en juego cuando una máquina "crea" arte.


Dos métodos, tres niveles: la arquitectura del arte por IA

Feng distingue, en primer lugar, dos grandes aproximaciones técnicas en la generación de arte por inteligencia artificial: el simbolismo y el conexionismo .

El simbolismo se basa en la manipulación explícita de reglas y representaciones simbólicas. Es la tradición clásica de la IA, aquella que intenta codificar el conocimiento humano en sistemas formales. En el ámbito artístico, se traduce en algoritmos que siguen reglas estéticas predefinidas —composiciones armónicas, esquemas cromáticos, estructuras métricas— para generar obras.

El conexionismo, por su parte, utiliza redes neuronales artificiales que aprenden patrones a partir de grandes conjuntos de datos. No se les programan reglas explícitas: se les muestran miles o millones de ejemplos, y ellas mismas extraen las regularidades estadísticas. Este enfoque, que ha dado lugar a modelos como DALL-E o Midjourney, produce resultados sorprendentemente creativos porque no se limita a aplicar reglas fijas, sino que puede generar combinaciones inéditas de estilos y formas.

Pero más allá de la técnica, Feng propone un análisis en tres niveles del sistema hombre-máquina:

  1. Humano usando máquina: la IA es una herramienta al servicio del artista humano, como lo fue el pincel o la cámara fotográfica. El control y la intencionalidad residen enteramente en el humano.

  2. Humano guiando máquina: existe una colaboración más estrecha. El humano define parámetros, selecciona datos de entrenamiento, orienta el proceso, pero la máquina genera resultados que el humano no ha previsto en detalle. Es un diálogo, no una instrucción unidireccional.

  3. Separación humano-máquina: la IA opera de manera autónoma, sin intervención humana directa. Genera obras por sí misma, a partir de sus propios criterios aprendidos. Este es el nivel más controvertido, porque plantea la pregunta de si podemos seguir hablando de "arte" sin un artista humano detrás.

Esta triple distinción es útil porque nos permite evitar generalizaciones excesivas. No es lo mismo decir que un artista utiliza un filtro de IA en Photoshop que afirmar que un algoritmo autónomo produce pinturas sin supervisión. Los problemas filosóficos que suscita cada nivel son distintos.


El arte de IA como forma intermedia: entre naturaleza y artificio

Uno de los aspectos más originales del análisis de Feng es su caracterización del arte de IA como una forma especial que no encaja limpiamente en las categorías estéticas tradicionales .

Por un lado, el arte de IA no es un objeto estético natural. No se trata de una puesta de sol o de una formación rocosa esculpida por la erosión. Es un artefacto, un producto de la técnica. Esto implica que su apreciación está mezclada con intereses —tecnológicos, comerciales, culturales— y no responde a la pura contemplación desinteresada que Kant atribuía al juicio estético.

Por otro lado, el arte de IA no es equivalente al arte humano tradicional. Feng lo afirma con claridad: la IA no tiene intencionalidad ni conciencia . No hay un sujeto detrás de la obra que haya querido decir algo, que haya vertido en ella su emoción, que busque comunicarse con el espectador. La obra generada por IA es, en este sentido, huérfana: no tiene una interioridad que expresar.

Sin embargo —y aquí radica la originalidad de la tesis— el arte de IA no es tampoco una mera imitación vacía. Feng propone que su generación artística es una especie de "finalidad sin finalidad" , una reformulación del concepto kantiano. La obra parece tener propósito, parece haber sido hecha para algo, pero ese propósito no reside en la mente de un creador consciente, sino en la estructura del algoritmo y en los patrones estadísticos que ha aprendido.

Esta ambigüedad —ni naturaleza, ni arte humano; ni azar, ni intencionalidad plena— sitúa al arte de IA en un territorio conceptualmente inédito, que exige nuevas herramientas filosóficas para ser comprendido.


El "actor red": repensar la autoría en la era de la IA

Feng introduce un concepto especialmente fecundo para superar el dilema de la autoría: el "actor red" (actor-network) . Inspirado en la teoría del actor-red de Bruno Latour, este concepto propone que la creación artística no es obra de un único sujeto —el genio romántico, el artista individual— sino el resultado de la interacción de múltiples actores: humanos, tecnologías, instituciones, algoritmos.

En este marco, la inteligencia artificial puede ser considerada como un "agente" en la generación del arte, no como un sujeto plenamente consciente, pero tampoco como una herramienta pasiva. Participa en la construcción de la lógica artística, rompe fronteras tradicionales y abre posibilidades que ningún humano habría imaginado por sí solo.

La noción de "actor red" nos permite, según Feng, evitar dos extremos igualmente empobrecedores: por un lado, el antropocentrismo radical que se niega a reconocer cualquier novedad en el arte por IA; por otro, el tecnocentrismo ingenuo que atribuye a las máquinas una creatividad equiparable a la humana.

El arte, desde esta perspectiva, es siempre una construcción colectiva. Y la inteligencia artificial es un nuevo participante en esa construcción, no para sustituir al artista humano, sino para formar parte de una ecología creativa más compleja.


El problema de la verdad y la falsedad en el arte por IA

Un aspecto fascinante que Feng aborda es la cuestión de la autenticidad . En el arte de IA, los procesos de generación, identificación y apreciación incluyen necesariamente un juicio sobre lo verdadero y lo falso. ¿Es realmente arte lo que ha hecho la máquina? ¿O es una simulación, una impostura, una falsificación?

Esta pregunta no es meramente académica. Tiene implicaciones prácticas en el mundo del mercado artístico, los derechos de autor, la conservación y la crítica. Feng señala que el arte de IA refleja una integración forzada de la tecnología inteligente en el dominio artístico, un intento de eliminar la contingencia, la dialéctica y la negatividad que, para ciertas tradiciones estéticas, son consustanciales al arte verdadero .

El arte humano, nos recuerda Feng, ha estado tradicionalmente ligado al riesgo, a la incertidumbre, a la lucha con el material, a la posibilidad del fracaso. La IA, por el contrario, produce siempre dentro de los márgenes de lo que ha aprendido, sin verdadera capacidad de transgresión. Su "creatividad" es, en el fondo, una variedad estadística dentro de un espacio de posibilidades predefinido.

Lo que necesitamos, concluye Feng, no es una sustitución del arte humano por el arte de máquina, sino una verdadera harmonización entre arte y tecnología . Las personas deberían utilizar la razón estética para guiar la tecnología de IA, no someterse pasivamente a su lógica ni idealizarla acríticamente.


Conexión con la investigación sobre el origen del arte (S/Y/C)

El análisis de Tao Feng resuena profundamente con la investigación que venimos desarrollando sobre el modelo S/Y/C del funcionamiento neuronal y la Ley de coherencia biológica. Sus tres niveles del sistema hombre-máquina y su concepto de "actor red" pueden reinterpretarse a la luz de nuestras categorías.

La dimensión S (Supervivencia) nos recuerda que el arte humano no es un lujo, sino una herramienta de regulación homeostática. La IA, al carecer de cuerpo y de necesidades vitales, no puede generar arte en este sentido pleno. Puede producir objetos formales, pero no responde a la pulsión de supervivencia que, en los humanos, impulsa la creación.

La dimensión Y (Symbolon) es central para comprender la diferencia entre el símbolo habitado y el símbolo manipulado. La IA puede manipular símbolos con eficacia, pero no habita el símbolo. No hay nadie dentro que reconozca o sea reconocido. El arte de IA es, en este sentido, un symbolon vacío: tiene la forma, pero no la vivencia.

La dimensión C (Completitud) apunta a la necesidad humana de cerrar formas, integrar partes en un todo coherente. La IA puede generar objetos formalmente cerrados, pero no experimenta la pulsión hacia la completitud. No hay un sujeto que sienta alivio cuando el patrón se cierra, ni angustia cuando se fragmenta, ni anhelo cuando se intuye una totalidad aún no alcanzada.

La Filosofía Quirúrgica, por su parte, nos invita a aplicar un corte analítico preciso en este debate. No se trata de rechazar la IA o de aceptarla sin más. Se trata de distinguir niveles, extirpar confusiones categoriales —como confundir producto con proceso, o simulación con vivencia— y suturar un marco conceptual que integre lo nuevo sin perder de vista lo esencial: que el arte, en su origen y en su función, es un fenómeno de lo vivo.

Feng ofrece, con su concepto de "actor red", una vía intermedia que respeta esta complejidad. La IA puede ser un actor más en la ecología creativa, sin ocupar el lugar del artista humano, pero tampoco siendo reducida a mera herramienta. Es un agente, sí, pero de un tipo especial: desprovisto de intencionalidad, de conciencia, de cuerpo. Un agente que amplifica, que sorprende, que propone, pero que no siente.


Consideraciones finales: hacia una nueva harmonización

El artículo de Tao Feng nos recuerda que el arte no es una esencia inmutable, sino una práctica viva que se transforma con la tecnología. La inteligencia artificial no es la primera innovación que desafía nuestras categorías estéticas —la fotografía, el cine, el arte conceptual ya lo hicieron antes—, pero quizás sea la más radical, porque cuestiona el papel mismo del sujeto creador.

Feng no ofrece respuestas definitivas, y eso es una virtud. Propone, en cambio, una actitud: la de la harmonización, no la de la sumisión o el rechazo. Utilizar la razón estética —esa capacidad humana de juzgar la belleza con sensibilidad y reflexión— para guiar la tecnología, no para ser guiados por ella.

Desde nuestra perspectiva, esto implica recordar que el arte, en su origen paleolítico, fue una tecnología biológica al servicio de la supervivencia, el símbolo y la completitud. La inteligencia artificial puede ser una nueva tecnología en este largo recorrido, pero no debe hacernos olvidar que el arte es, ante todo, un encuentro entre subjetividades encarnadas. Un encuentro que, por ahora, solo los seres vivos podemos protagonizar.


Referencias bibliográficas

Feng, T. (2022). A new harmonisation of art and technology: Philosophic interpretations of artificial intelligence art. Critical Arts, 36(1-2), 110–125. https://doi.org/10.1080/02560046.2022.2111454

López Mallo, J. B. (2023). La construcción neuro-simbólica. Una aproximación al funcionamiento del cerebro desde una perspectiva multidisciplinar [Tesis doctoral, Universidad del País Vasco - Euskal Herriko Unibertsitatea]. Repositorio ADDI. http://hdl.handle.net/10810/62701

 https://catalogo.sanchoelsabio.eus 

López Mallo, J. B. (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57196

López Mallo, J. B. (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo [Versión Kindle]. Amazon. https://www.amazon.com/dp/B0GYGTJD5C

López Mallo, J. B. (2026b). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57197

López Mallo, J. B. (2026b). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage [Kindle edition]. Amazon. https://www.amazon.com/dp/B0GY89SZS1


Autor / Author


Bernabé Mallo
 Doctor en Filosofía – Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Investigador independiente en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte.
 

Bernabé Mallo
 PhD in Philosophy – University of the Basque Country / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Independent researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origin of art.

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Página de autor Amazon / Amazon Author Page: https://www.amazon.com/author/bernabemallo
ORCID: https://orcid.org/0000-0001-9002-9728
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Canal YouTube / Channel YouTube: https://www.youtube.com/channel/UCBsf6OZ482NjST6QA-hvYtQ
Publicaciones y proyectos en desarrollo / Publications and projects: 
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jueves, 4 de junio de 2026

El robot que pinta, pero no es artista: lo que la gente piensa sobre la inteligencia artificial y el arte

 

Bernabé Mallo

Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
Investigador en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte. / PhD in Philosophy – University of the Basque Country (UPV/EHU)
Researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origins of art.

Una reseña del estudio de Mikalonytė y Kneer (2022): Can Artificial Intelligence Make Art?


Introducción: ¿puede una máquina ser artista?

En los últimos años, los sistemas de inteligencia artificial han sorprendido al mundo con su capacidad para generar imágenes, música y textos que, en muchos casos, resultan indistinguibles de las creaciones humanas. Algoritmos como DALL-E, Midjourney o Stable Diffusion producen obras visuales de una calidad que hace una década habría parecido imposible. Robots como Ai-Da exponen en galerías de arte contemporáneo. Y el público, en general, contempla estos fenómenos con una mezcla de fascinación y perplejidad.

Pero una pregunta fundamental persiste, y no es puramente técnica: ¿puede considerarse arte lo que genera una máquina? ¿Puede un robot ser llamado artista?

Estas cuestiones, que parecen sacadas de una novela de Philip K. Dick, han entrado de lleno en el dominio de la investigación empírica. Un estudio publicado en 2022 por Elzė Sigutė Mikalonytė y Markus Kneer, en la revista ACM Transactions on Human-Robot Interactions, aborda precisamente esta cuestión con herramientas de la psicología experimental y la filosofía experimental (o "x-phi") .

Los resultados, como veremos, son sorprendentes y reveladores: la gente está dispuesta a aceptar que las pinturas generadas por robots pueden ser arte, pero se muestra muy reacia a conceder a esos mismos robots el estatus de artistas. Esta disociación, argumentaremos, no es un mero prejuicio, sino una pista profunda sobre lo que entendemos por creatividad, intencionalidad y, en última instancia, sobre el origen mismo del arte.


El estudio: ¿qué pensamos realmente de las pinturas hechas por robots?

Mikalonytė y Kneer diseñaron dos experimentos con un total de 693 participantes para explorar la percepción pública del arte generado por IA . Manipularon tres factores fundamentales:

  1. El tipo de agente: un robot impulsado por IA versus un ser humano.

  2. El tipo de comportamiento: creación intencional de una pintura versus creación accidental.

  3. El tipo de objeto: pintura abstracta versus pintura figurativa (representacional).

Los participantes debían evaluar, por un lado, si la pintura producida era considerada arte y, por otro, si el agente (robot o humano) merecía ser considerado artista.

Los resultados fueron claros y consistentes. En primer lugar, las personas juzgaron que las pinturas hechas por robots y las hechas por humanos son arte en una medida aproximadamente equivalente. Es decir, el público no rechaza automáticamente una obra por el hecho de haber sido generada por una máquina. Si el resultado visual es similar, la etiqueta "arte" se aplica con generosidad.

Sin embargo —y este es el hallazgo central—, las personas son mucho menos propensas a considerar a los robots como artistas. Aunque aceptan que la obra puede ser arte, se resisten a atribuir al robot el estatus de artista. Esta disociación no es trivial: revela que, para el público, ser artista implica algo más que producir objetos estéticamente valorables. 


¿Por qué un robot no puede ser artista? La cuestión de la intencionalidad

El estudio de Mikalonytė y Kneer ofrece una pista crucial para explicar esta resistencia: la gente está menos dispuesta a atribuir intenciones artísticas a los robots . En otras palabras, aunque un robot pueda generar una imagen que consideramos bella o interesante, no creemos que detrás de esa imagen haya un propósito, una voluntad de expresión, un deseo de comunicar algo.

Esta es una diferencia fundamental. La tradición filosófica del arte, desde el Romanticismo al menos, ha puesto el énfasis en la intencionalidad del creador. El artista no es solo un artesano que produce objetos, sino un sujeto que expresa su interioridad, que comunica sus emociones, que busca provocar una respuesta en el espectador.

Cuando contemplamos una pintura humana, incluso si es abstracta, tendemos a preguntarnos: ¿qué quiso decir el artista? ¿Qué sentía? ¿Qué intentaba comunicar? Estas preguntas presuponen una mente, una subjetividad, una historia personal. En el caso de un robot, por sofisticado que sea su algoritmo, no hay nadie "dentro" que pueda querer, sentir o comunicar en ese sentido pleno.

El experimento confirma esta intuición: la atribución de intencionalidad artística es un predictivo clave de la disposición a conceder el estatus de artista. Y esa atribución, simplemente, no se da en el caso de los robots, al menos no en la misma medida que en el caso de los humanos.


Artefacto versus autor: la paradoja del arte generado por IA

El estudio de Mikalonytė y Kneer pone de manifiesto una paradoja interesante. Por un lado, la cultura contemporánea ha ampliado enormemente el concepto de arte: el ready-made de Duchamp, el arte conceptual, las instalaciones, el performance... Todo ello ha desplazado la atención del objeto a la idea, del producto al proceso. Podría pensarse que, en este contexto, atribuir estatus artístico a una obra generada por IA no debería ser problemático.

Sin embargo, el público sigue estableciendo una distinción clara entre la obra y su autor. La obra puede ser arte, pero el robot no es artista. ¿Qué significa esto? Quizás que, en el fondo, seguimos concibiendo el arte como un acto de comunicación entre subjetividades. La obra es el vehículo, el artista es la fuente. Si no hay una fuente consciente, intencional, encarnada, entonces la obra, por bella que sea, se convierte en un artefacto huérfano, en un mensaje sin remitente.

Esta intuición popular, lejos de ser un mero prejuicio tecnófobo, tiene profundas raíces filosóficas. Autores como Walter Benjamin hablaron del "aura" de la obra de arte original, vinculada a su presencia única en el tiempo y el espacio. Otros, como Richard Wollheim, insistieron en que la comprensión del arte requiere atribuir al artista un estado mental —una intención, una emoción, una creencia— que se expresa en la obra. Sin esa atribución, la experiencia estética se empobrece o se transforma en otra cosa.


Conexión con la investigación sobre el origen del arte (S/Y/C)

Este estudio experimental conecta de manera directa con la investigación que venimos desarrollando sobre el modelo S/Y/C del funcionamiento neuronal y la Ley de coherencia biológica.

La resistencia del público a considerar a los robots como artistas se debe, fundamentalmente, a que la gente no les atribuye intencionalidad artística. Y la intencionalidad artística, desde nuestro modelo, es una manifestación de la dimensión Y (Symbolon), pero también de S (Supervivencia) y C (Completitud).

  • S (Supervivencia): La intencionalidad artística no es un lujo abstracto. Está enraizada en la necesidad biológica de regular nuestros estados afectivos. El artista crea porque siente, porque le duele, porque le alegra, porque necesita procesar el mundo para sobrevivir en él. Un robot no tiene estas necesidades porque no tiene un cuerpo que preservar, ni una historia evolutiva de miedos y esperanzas, ni una biografía personal de pérdidas y amores.

  • Y (Symbolon): La intención artística es, ante todo, una intención simbólica. El artista no solo produce formas: produce symbolon, actos de reconocimiento mediante códigos compartidos. Quiere que el espectador vea algo, sienta algo, reconozca algo. El robot puede manipular símbolos con eficacia, pero no habita el símbolo. No hay nadie "dentro" que intente reconocer o ser reconocido.

  • C (Completitud): El artista busca, a través de su obra, alcanzar una forma de completitud —cerrar una forma, resolver un ritmo, integrar una experiencia dispersa en una totalidad coherente. Esa pulsión hacia la completitud es una necesidad biológica y existencial del organismo vivo. Un robot no la experimenta porque no es un ser que se despliegue en el tiempo hacia un fin, ni que anhele integrarse en un todo más grande que él mismo.

El estudio de Mikalonytė y Kneer confirma empíricamente lo que nuestra Filosofía Quirúrgica predice: el público no es irracional al resistirse a llamar "artista" a un robot. Simplemente está detectando, quizás de manera implícita, que la creatividad artística plena requiere algo que las máquinas, por ahora, no poseen: un cuerpo que siente, una intención que se expresa, una subjetividad que se despliega en el tiempo.


Implicaciones para el futuro del arte y la IA

¿Significa esto que la inteligencia artificial no tiene nada que aportar al mundo del arte? En absoluto. El estudio muestra que el público está dispuesto a considerar las obras generadas por IA como arte. Y eso es un reconocimiento importante: los algoritmos pueden producir objetos con un valor estético genuino, que nos interpelan, nos emocionan, nos hacen pensar.

Sin embargo, la reticencia a llamar "artistas" a los robots no es un obstáculo que deba ser eliminado, sino una distinción que debemos preservar. Nos recuerda que el arte no es solo una cuestión de productos, sino de procesos encarnados. El arte es el testimonio de que hay alguien —un ser de carne y hueso, con una historia, con un cuerpo que siente— que ha querido decir algo. Ese "alguien" es insustituible.

La inteligencia artificial puede ser una herramienta poderosa para los artistas humanos. Puede ampliar su creatividad, ofrecerles variaciones inesperadas, liberarles de tareas tediosas. Pero el lugar del artista —como fuente de intencionalidad, como sujeto encarnado, como agente moral y afectivo— seguirá siendo, previsiblemente, humano. Porque el arte, en su esencia, es el encuentro entre dos subjetividades: la del creador y la del espectador. Y ese encuentro, por ahora, solo puede ocurrir entre seres que sienten.


Consideraciones finales: el arte como encuentro de subjetividades

El estudio de Mikalonytė y Kneer nos ofrece una lección valiosa para la investigación sobre el origen del arte. El arte humano no nació como una mera producción de objetos bellos. Nació como una forma de comunicación afectiva, como un puente entre mentes atrapadas en la soledad de sus cráneos. El arte es, ante todo, un acto de expresión y un llamado a la respuesta.

Por eso, aunque una máquina pueda producir objetos formalmente análogos a los humanos, no puede ocupar el lugar del artista. Porque el artista no es solo un productor de formas: es un ser que dice algo, que busca ser escuchado, que comparte su mundo interior. Y eso, quizás, es lo más humano que existe.

La inteligencia artificial puede imitar el producto. Pero el proceso —el temblor de la mano, la duda ante el lienzo, la alegría del trazo logrado, la esperanza de que alguien, algún día, entienda lo que quisiste decir— sigue siendo, por ahora, patrimonio exclusivo de lo vivo.


Referencias bibliográficas

López Mallo, J. B. (2023). La construcción neuro-simbólica. Una aproximación al funcionamiento del cerebro desde una perspectiva multidisciplinar [Tesis doctoral, Universidad del País Vasco - Euskal Herriko Unibertsitatea]. Repositorio ADDI. http://hdl.handle.net/10810/62701

 https://catalogo.sanchoelsabio.eus 

López Mallo, J. B. (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57196

https://www.amazon.com/dp/B0GYGTJD5C 

López Mallo, J. B. (2026b). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57197

 https://www.amazon.com/dp/B0GY89SZS1 

Mikalonytė, E. S., & Kneer, M. (2022). Can artificial intelligence make art? ACM Transactions on Human-Robot Interaction, 11(4), 1–21. https://doi.org/10.1145/3510829

 

Autor / Author


Bernabé Mallo
 Doctor en Filosofía – Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Investigador independiente en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte.
 

Bernabé Mallo
 PhD in Philosophy – University of the Basque Country / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Independent researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origin of art.

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lunes, 1 de junio de 2026

¿Robot o artista? La inteligencia artificial ante el espejo de la creatividad humana Un comentario sobre el artículo de Hengran Yang (2025): Artificial intelligence art robots

 Bernabé Mallo

Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
Investigador en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte. / PhD in Philosophy – University of the Basque Country (UPV/EHU)
Researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origins of art.

 

Introducción: una pregunta que no es nueva, pero que urge responder

¿Puede una máquina ser artista? ¿El futuro del arte pertenecerá a los robots programados para generar belleza, o la creatividad seguirá siendo un reducto exclusivamente humano? Estas preguntas, que hace una década sonaban a ciencia ficción, ocupan hoy las primeras páginas de revistas de filosofía, estudios culturales y, cada vez más, de laboratorios de inteligencia artificial.

El artículo de Hengran Yang (2025), titulado Artificial intelligence art robots: the future of technological art or the end of the human artist?, publicado en la International Theory and Practice in Humanities and Social Sciences, aborda precisamente este debate. Yang ofrece un recorrido histórico por el arte generado por IA, analiza sus implicaciones filosóficas y éticas, y concluye que, aunque estas tecnologías pueden producir obras formalmente complejas, carecen de expresión emocional humana y sensibilidad cultural. Propone, así, un papel complementario para la IA en el ecosistema artístico, no sustitutivo.

Desde la perspectiva de mi investigación —que integra neurociencia, filosofía y antropología en el marco de la Filosofía Quirúrgica y la Ley de coherencia biológica S/Y/C—, el trabajo de Yang resulta valioso como punto de partida. Pero también revela una limitación fundamental: su análisis se mueve en el nivel de la filosofía del arte tradicional y los estudios culturales, sin abordar la base neurobiológica y evolutiva de la experiencia estética. Ese es el vacío que nuestra investigación intenta llenar.

 

¿Qué dice Yang?

Yang estructura su trabajo en varias secciones clave. En primer lugar, reconstruye la evolución histórica del arte con IA, desde los experimentos algorítmicos de los años 60 hasta el desarrollo contemporáneo de Redes Generativas Antagónicas (GAN) y robots artistas como Ai-Da, capaz de dibujar y pintar utilizando algoritmos de aprendizaje profundo.

A continuación, analiza las cuestiones filosóficas y éticas que este fenómeno suscita: ¿quién es el autor de una obra generada por IA? ¿Puede una máquina ser considerada creativa? ¿Qué ocurre con el valor del trabajo artístico humano cuando una máquina puede producir miles de obras en segundos?

La conclusión de Yang es matizada. Reconoce las capacidades técnicas de la IA —su capacidad para generar imágenes, música o textos con una complejidad formal impresionante—, pero subraya que estos sistemas no poseen conciencia, intencionalidad ni experiencia subjetiva. Por ello, la IA no puede reemplazar al artista humano, sino que debe entenderse como una herramienta colaborativa. Los artistas del futuro, sugiere Yang, necesitarán desarrollar competencias técnicas para trabajar con la IA, no para competir contra ella.


Filosofía Quirúrgica: extirpar la confusión entre producto y proceso

Desde la Filosofía Quirúrgica que desarrollo en mi trabajo, el primer paso ante un problema mal planteado es realizar un corte analítico preciso. En el debate sobre IA y arte, la confusión fundamental consiste en equiparar dos cosas radicalmente diferentes: el producto formal (una imagen, una sinfonía, un poema) y el proceso encarnado que, en los seres humanos, da lugar a ese producto.

Una IA puede generar una imagen que, vista desde fuera, sea indistinguible de una pintura humana. Pero lo que no tiene es: 

  • Un cuerpo que siente: La IA no tiene sistema nervioso autónomo, no experimenta taquicardia ante la belleza, ni escalofríos ante la tragedia, ni la quietud ante lo sublime.

  • Una historia evolutiva: La IA no desciende de primates que durante millones de años aprendieron a detectar patrones, evitar depredadores y colaborar en grupo.

  • Una biografía personal: La IA no ha sufrido pérdidas, no ha amado, no ha temido a la muerte. No tiene, en suma, un yo que se despliega en el tiempo.

El error que la Filosofía Quirúrgica ayuda a extirpar es creer que, porque el producto es similar, el proceso es equivalente. No lo es. Y esa diferencia es la que importa para comprender el arte como fenómeno humano.


S/ Y/ C: por qué la IA no puede (todavía) ser artista

Nuestra Ley de coherencia biológica S/Y/C sostiene que el funcionamiento neuronal se basa en una única función subdividida en tres subfunciones concatenadas que operan como una sola unidad: S (Supervivencia), Y (Symbolon) y C (Completitud). Estas tres constituyen el sustrato de toda experiencia humana, incluida la artística. Examinemos cada una de ellas en el ser humano y preguntémonos si la inteligencia artificial puede, siquiera, aproximarse a su despliegue.

La dimensión S, la supervivencia. En el ser humano, la emoción estética no flota en un vacío abstracto: está enraizada en mecanismos biológicos de detección de entornos favorables, recursos y señales de seguridad. El arte moviliza el sistema nervioso autónomo, acelera el corazón, eriza la piel, contiene la respiración. No es un adorno cultural superpuesto; es una activación profunda del cuerpo vivo que debe preservarse. La inteligencia artificial, por el contrario, no tiene un cuerpo que deba preservar. No experimenta miedo, placer, asombro o nostalgia. Su "respuesta" a un estímulo —si es que puede llamarse así— no es una vivencia, sino una función matemática que carece de la textura encarnada del sentir.

La dimensión Y, el symbolon. Los seres humanos creamos y compartimos símbolos desde una historia cultural compartida. El arte es, en su esencia, symbolon: un acto de reconocimiento mediante códigos comunes, un puente que conecta un interior con otro interior a través de una forma compartida. La inteligencia artificial puede manipular símbolos con una eficacia impresionante: procesa lenguaje, genera imágenes reconocibles, compone textos que imitan la coherencia discursiva. Pero no habita el símbolo. No hay nadie "dentro" de la máquina que reconozca o sea reconocido, que comparta el temblor de un significado descubierto, que celebre el encuentro entre un signo y su interpretación. La IA maneja el símbolo desde fuera; el ser humano lo vive desde dentro.

La dimensión C, la completitud. El cerebro humano busca cerrar formas, reducir incertidumbre, integrar las partes en un todo coherente. La belleza es, en buena medida, la experiencia subjetiva de una completitud alcanzada: una forma que se cierra, un ritmo que se resuelve, un significado que emerge como un todo orgánico. La inteligencia artificial puede generar objetos formalmente "cerrados" —sonetos con rima, imágenes con simetría, melodías con estructura—, pero no experimenta la pulsión hacia la completitud. No hay un sujeto que sienta alivio cuando el patrón se cierra, ni angustia cuando se fragmenta, ni anhelo cuando se intuye una totalidad aún no alcanzada. Hay forma, sin duda. Pero no hay experiencia de la forma.

La conclusión es clara: la inteligencia artificial puede imitar el producto del arte —la obra formalmente acabada, la imagen, el texto, la melodía—, pero no puede generar el proceso vivo que da sentido a ese producto. No tiene el sustrato S de un cuerpo que siente porque de él depende su supervivencia. No habita la dimensión Y del símbolo como acto de reconocimiento compartido. No siente la pulsión C hacia la completitud como una necesidad biológica y existencial.

El arte humano no es solo cuestión de forma. Es cuestión de un cuerpo que siente, un símbolo que se habita y una totalidad que se anhela. Y eso, por ahora, sigue siendo patrimonio exclusivo de lo vivo.

 

¿Y si la IA desarrollara conciencia? Una nota sobre el futuro

Un argumento recurrente entre los defensores del "arte por IA" es que, quizás en el futuro, las máquinas desarrollen conciencia. Si eso ocurriera —si una IA tuviera sensaciones, emociones, una biografía y un sentido de sí misma—, entonces la cuestión se reformularía por completo.

Pero ese no es el estado actual de la tecnología, ni siquiera un horizonte cercano. Hoy por hoy, los sistemas de IA son máquinas estadísticas que procesan ingentes cantidades de datos y generan salidas probabilísticas. No hay nadie en casa. No hay un yo que contemple el resultado de su propia generación y lo encuentre bello o vacío. Y sin ese yo, no hay arte en el sentido plenamente humano del término.

Como bien señala Yang, la IA es una herramienta complementaria. Puede amplificar la creatividad humana, ofrecer variaciones inesperadas, acelerar procesos técnicos. Pero no puede reemplazar al artista, porque el artista no es solo un generador de formas. El artista es un ser encarnado, situado, mortal, que utiliza el arte para sobrevivir simbólicamente, para construir significado y para alcanzar, aunque sea por un instante, la sensación de completitud.

 

Conclusión: el arte como testimonio de lo vivo

El artículo de Hengran Yang tiene el mérito de plantear las preguntas correctas y ofrecer un análisis equilibrado, alejado tanto del entusiasmo tecnológico acrítico como del rechazo conservador. Sin embargo, desde la perspectiva de mi investigación —que integra neurociencia, filosofía y antropología en el marco de la Filosofía Quirúrgica y la Ley de coherencia biológica S/Y/C—, su análisis se queda corto en un aspecto crucial: no aborda por qué el arte humano importa biológicamente, no solo culturalmente.

El arte no es un lujo de la corteza cerebral. Es una expresión de la función única del sistema nervioso: una función que necesita sobrevivir, simbolizar y completar sentidos. La IA puede imitar la forma, pero no puede generar el sustrato vivo del que esa forma emerge. Por eso, el futuro del arte no es la sustitución del humano por la máquina, sino la colaboración entre ambos, siempre que no olvidemos quién pone el cuerpo, la historia y el sentido.

Y ese es, quizás, el verdadero desafío filosófico de nuestro tiempo: distinguir la herramienta del artesano, el algoritmo de la encarnación, la simulación de la vivencia. La Filosofía Quirúrgica nos ofrece las herramientas para hacer ese corte con precisión. Aplicarlas es tarea de quienes aún creemos que el arte es, ante todo, un testimonio irremplazable de lo vivo.

 

Referencias bibliográficas

López Mallo, J. B. (2026). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57196

https://www.amazon.com/dp/B0GYGTJD5C  

López Mallo, J. B. (2026). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57197

https://www.amazon.com/dp/B0GY89SZS1  

López Mallo, J. B. (2023). La construcción neuro-simbólica. Una aproximación al funcionamiento del cerebro desde una perspectiva multidisciplinar [Tesis doctoral]. Universidad del País Vasco - Euskal Herriko Unibertsitatea. Repositorio ADDI. http://hdl.handle.net/10810/62701 

https://catalogo.sanchoelsabio.eus  

Yang, H. (2025). Artificial intelligence art robots: the future of technological art or the end of the human artist? International Theory and Practice in Humanities and Social Sciences, *2*(1), 243–251. https://doi.org/10.70693/itphss.v2i1.85

 

Autor / Author


Bernabé Mallo
 Doctor en Filosofía – Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Investigador independiente en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte.
 

Bernabé Mallo
 PhD in Philosophy – University of the Basque Country / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Independent researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origin of art.

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