Bernabé Mallo
Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
Investigador
en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte. / PhD in
Philosophy – University of the Basque Country (UPV/EHU)
Researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origins of art.
Introducción: una pregunta que no es nueva, pero que urge responder
¿Puede una máquina ser artista? ¿El futuro del arte pertenecerá a los robots programados para generar belleza, o la creatividad seguirá siendo un reducto exclusivamente humano? Estas preguntas, que hace una década sonaban a ciencia ficción, ocupan hoy las primeras páginas de revistas de filosofía, estudios culturales y, cada vez más, de laboratorios de inteligencia artificial.
El artículo de Hengran Yang (2025), titulado Artificial intelligence art robots: the future of technological art or the end of the human artist?, publicado en la International Theory and Practice in Humanities and Social Sciences, aborda precisamente este debate. Yang ofrece un recorrido histórico por el arte generado por IA, analiza sus implicaciones filosóficas y éticas, y concluye que, aunque estas tecnologías pueden producir obras formalmente complejas, carecen de expresión emocional humana y sensibilidad cultural. Propone, así, un papel complementario para la IA en el ecosistema artístico, no sustitutivo.
Desde la perspectiva de mi investigación —que integra neurociencia, filosofía y antropología en el marco de la Filosofía Quirúrgica y la Ley de coherencia biológica S/Y/C—, el trabajo de Yang resulta valioso como punto de partida. Pero también revela una limitación fundamental: su análisis se mueve en el nivel de la filosofía del arte tradicional y los estudios culturales, sin abordar la base neurobiológica y evolutiva de la experiencia estética. Ese es el vacío que nuestra investigación intenta llenar.
¿Qué dice Yang?
Yang estructura su trabajo en varias secciones clave. En primer lugar, reconstruye la evolución histórica del arte con IA, desde los experimentos algorítmicos de los años 60 hasta el desarrollo contemporáneo de Redes Generativas Antagónicas (GAN) y robots artistas como Ai-Da, capaz de dibujar y pintar utilizando algoritmos de aprendizaje profundo.
A continuación, analiza las cuestiones filosóficas y éticas que este fenómeno suscita: ¿quién es el autor de una obra generada por IA? ¿Puede una máquina ser considerada creativa? ¿Qué ocurre con el valor del trabajo artístico humano cuando una máquina puede producir miles de obras en segundos?
La conclusión de Yang es matizada. Reconoce las capacidades técnicas de la IA —su capacidad para generar imágenes, música o textos con una complejidad formal impresionante—, pero subraya que estos sistemas no poseen conciencia, intencionalidad ni experiencia subjetiva. Por ello, la IA no puede reemplazar al artista humano, sino que debe entenderse como una herramienta colaborativa. Los artistas del futuro, sugiere Yang, necesitarán desarrollar competencias técnicas para trabajar con la IA, no para competir contra ella.
Filosofía Quirúrgica: extirpar la confusión entre producto y proceso
Desde la Filosofía Quirúrgica que desarrollo en mi trabajo, el primer paso ante un problema mal planteado es realizar un corte analítico preciso. En el debate sobre IA y arte, la confusión fundamental consiste en equiparar dos cosas radicalmente diferentes: el producto formal (una imagen, una sinfonía, un poema) y el proceso encarnado que, en los seres humanos, da lugar a ese producto.
Una IA puede generar una imagen que, vista desde fuera, sea indistinguible de una pintura humana. Pero lo que no tiene es:
Un cuerpo que siente: La IA no tiene sistema nervioso autónomo, no experimenta taquicardia ante la belleza, ni escalofríos ante la tragedia, ni la quietud ante lo sublime.
Una historia evolutiva: La IA no desciende de primates que durante millones de años aprendieron a detectar patrones, evitar depredadores y colaborar en grupo.
Una biografía personal: La IA no ha sufrido pérdidas, no ha amado, no ha temido a la muerte. No tiene, en suma, un yo que se despliega en el tiempo.
El error que la Filosofía Quirúrgica ayuda a extirpar es creer que, porque el producto es similar, el proceso es equivalente. No lo es. Y esa diferencia es la que importa para comprender el arte como fenómeno humano.
S/ Y/ C: por qué la IA no puede (todavía) ser artista
Nuestra Ley de coherencia biológica S/Y/C sostiene que el funcionamiento neuronal se basa en una única función subdividida en tres subfunciones concatenadas que operan como una sola unidad: S (Supervivencia), Y (Symbolon) y C (Completitud). Estas tres constituyen el sustrato de toda experiencia humana, incluida la artística. Examinemos cada una de ellas en el ser humano y preguntémonos si la inteligencia artificial puede, siquiera, aproximarse a su despliegue.
La dimensión S, la supervivencia. En el ser humano, la emoción estética no flota en un vacío abstracto: está enraizada en mecanismos biológicos de detección de entornos favorables, recursos y señales de seguridad. El arte moviliza el sistema nervioso autónomo, acelera el corazón, eriza la piel, contiene la respiración. No es un adorno cultural superpuesto; es una activación profunda del cuerpo vivo que debe preservarse. La inteligencia artificial, por el contrario, no tiene un cuerpo que deba preservar. No experimenta miedo, placer, asombro o nostalgia. Su "respuesta" a un estímulo —si es que puede llamarse así— no es una vivencia, sino una función matemática que carece de la textura encarnada del sentir.
La dimensión Y, el symbolon. Los seres humanos creamos y compartimos símbolos desde una historia cultural compartida. El arte es, en su esencia, symbolon: un acto de reconocimiento mediante códigos comunes, un puente que conecta un interior con otro interior a través de una forma compartida. La inteligencia artificial puede manipular símbolos con una eficacia impresionante: procesa lenguaje, genera imágenes reconocibles, compone textos que imitan la coherencia discursiva. Pero no habita el símbolo. No hay nadie "dentro" de la máquina que reconozca o sea reconocido, que comparta el temblor de un significado descubierto, que celebre el encuentro entre un signo y su interpretación. La IA maneja el símbolo desde fuera; el ser humano lo vive desde dentro.
La dimensión C, la completitud. El cerebro humano busca cerrar formas, reducir incertidumbre, integrar las partes en un todo coherente. La belleza es, en buena medida, la experiencia subjetiva de una completitud alcanzada: una forma que se cierra, un ritmo que se resuelve, un significado que emerge como un todo orgánico. La inteligencia artificial puede generar objetos formalmente "cerrados" —sonetos con rima, imágenes con simetría, melodías con estructura—, pero no experimenta la pulsión hacia la completitud. No hay un sujeto que sienta alivio cuando el patrón se cierra, ni angustia cuando se fragmenta, ni anhelo cuando se intuye una totalidad aún no alcanzada. Hay forma, sin duda. Pero no hay experiencia de la forma.
La conclusión es clara: la inteligencia artificial puede imitar el producto del arte —la obra formalmente acabada, la imagen, el texto, la melodía—, pero no puede generar el proceso vivo que da sentido a ese producto. No tiene el sustrato S de un cuerpo que siente porque de él depende su supervivencia. No habita la dimensión Y del símbolo como acto de reconocimiento compartido. No siente la pulsión C hacia la completitud como una necesidad biológica y existencial.
El arte humano no es solo cuestión de forma. Es cuestión de un cuerpo que siente, un símbolo que se habita y una totalidad que se anhela. Y eso, por ahora, sigue siendo patrimonio exclusivo de lo vivo.
¿Y si la IA desarrollara conciencia? Una nota sobre el futuro
Un argumento recurrente entre los defensores del "arte por IA" es que, quizás en el futuro, las máquinas desarrollen conciencia. Si eso ocurriera —si una IA tuviera sensaciones, emociones, una biografía y un sentido de sí misma—, entonces la cuestión se reformularía por completo.
Pero ese no es el estado actual de la tecnología, ni siquiera un horizonte cercano. Hoy por hoy, los sistemas de IA son máquinas estadísticas que procesan ingentes cantidades de datos y generan salidas probabilísticas. No hay nadie en casa. No hay un yo que contemple el resultado de su propia generación y lo encuentre bello o vacío. Y sin ese yo, no hay arte en el sentido plenamente humano del término.
Como bien señala Yang, la IA es una herramienta complementaria. Puede amplificar la creatividad humana, ofrecer variaciones inesperadas, acelerar procesos técnicos. Pero no puede reemplazar al artista, porque el artista no es solo un generador de formas. El artista es un ser encarnado, situado, mortal, que utiliza el arte para sobrevivir simbólicamente, para construir significado y para alcanzar, aunque sea por un instante, la sensación de completitud.
Conclusión: el arte como testimonio de lo vivo
El artículo de Hengran Yang tiene el mérito de plantear las preguntas correctas y ofrecer un análisis equilibrado, alejado tanto del entusiasmo tecnológico acrítico como del rechazo conservador. Sin embargo, desde la perspectiva de mi investigación —que integra neurociencia, filosofía y antropología en el marco de la Filosofía Quirúrgica y la Ley de coherencia biológica S/Y/C—, su análisis se queda corto en un aspecto crucial: no aborda por qué el arte humano importa biológicamente, no solo culturalmente.
El arte no es un lujo de la corteza cerebral. Es una expresión de la función única del sistema nervioso: una función que necesita sobrevivir, simbolizar y completar sentidos. La IA puede imitar la forma, pero no puede generar el sustrato vivo del que esa forma emerge. Por eso, el futuro del arte no es la sustitución del humano por la máquina, sino la colaboración entre ambos, siempre que no olvidemos quién pone el cuerpo, la historia y el sentido.
Y ese es, quizás, el verdadero desafío filosófico de nuestro tiempo: distinguir la herramienta del artesano, el algoritmo de la encarnación, la simulación de la vivencia. La Filosofía Quirúrgica nos ofrece las herramientas para hacer ese corte con precisión. Aplicarlas es tarea de quienes aún creemos que el arte es, ante todo, un testimonio irremplazable de lo vivo.
Referencias bibliográficas
López Mallo, J. B. (2026). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57196
https://www.amazon.com/dp/B0GYGTJD5C
López Mallo, J. B. (2026). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57197
https://www.amazon.com/dp/B0GY89SZS1
López Mallo, J. B. (2023). La construcción neuro-simbólica. Una aproximación al funcionamiento del cerebro desde una perspectiva multidisciplinar [Tesis doctoral]. Universidad del País Vasco - Euskal Herriko Unibertsitatea. Repositorio ADDI. http://hdl.handle.net/10810/62701
https://catalogo.sanchoelsabio.eus
Yang, H. (2025). Artificial intelligence art robots: the future of technological art or the end of the human artist? International Theory and Practice in Humanities and Social Sciences, *2*(1), 243–251. https://doi.org/10.70693/itphss.v2i1.85
Autor / Author
Bernabé Mallo
Doctor en Filosofía – Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
Investigador independiente en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte.
Bernabé Mallo
PhD in Philosophy – University of the Basque Country / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
Independent researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origin of art.
Enlaces / Links
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ORCID: https://orcid.org/0000-0001-9002-9728
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