Bernabé Mallo
Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
Investigador
en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte. / PhD in
Philosophy – University of the Basque Country (UPV/EHU)
Researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origins of art.
Una reseña del estudio de Mikalonytė y Kneer (2022): Can Artificial Intelligence Make Art?
Introducción: ¿puede una máquina ser artista?
En los últimos años, los sistemas de inteligencia artificial han sorprendido al mundo con su capacidad para generar imágenes, música y textos que, en muchos casos, resultan indistinguibles de las creaciones humanas. Algoritmos como DALL-E, Midjourney o Stable Diffusion producen obras visuales de una calidad que hace una década habría parecido imposible. Robots como Ai-Da exponen en galerías de arte contemporáneo. Y el público, en general, contempla estos fenómenos con una mezcla de fascinación y perplejidad.
Pero una pregunta fundamental persiste, y no es puramente técnica: ¿puede considerarse arte lo que genera una máquina? ¿Puede un robot ser llamado artista?
Estas cuestiones, que parecen sacadas de una novela de Philip K. Dick, han entrado de lleno en el dominio de la investigación empírica. Un estudio publicado en 2022 por Elzė Sigutė Mikalonytė y Markus Kneer, en la revista ACM Transactions on Human-Robot Interactions, aborda precisamente esta cuestión con herramientas de la psicología experimental y la filosofía experimental (o "x-phi") .
Los resultados, como veremos, son sorprendentes y reveladores: la gente está dispuesta a aceptar que las pinturas generadas por robots pueden ser arte, pero se muestra muy reacia a conceder a esos mismos robots el estatus de artistas. Esta disociación, argumentaremos, no es un mero prejuicio, sino una pista profunda sobre lo que entendemos por creatividad, intencionalidad y, en última instancia, sobre el origen mismo del arte.
El estudio: ¿qué pensamos realmente de las pinturas hechas por robots?
Mikalonytė y Kneer diseñaron dos experimentos con un total de 693 participantes para explorar la percepción pública del arte generado por IA . Manipularon tres factores fundamentales:
El tipo de agente: un robot impulsado por IA versus un ser humano.
El tipo de comportamiento: creación intencional de una pintura versus creación accidental.
El tipo de objeto: pintura abstracta versus pintura figurativa (representacional).
Los participantes debían evaluar, por un lado, si la pintura producida era considerada arte y, por otro, si el agente (robot o humano) merecía ser considerado artista.
Los resultados fueron claros y consistentes. En primer lugar, las personas juzgaron que las pinturas hechas por robots y las hechas por humanos son arte en una medida aproximadamente equivalente. Es decir, el público no rechaza automáticamente una obra por el hecho de haber sido generada por una máquina. Si el resultado visual es similar, la etiqueta "arte" se aplica con generosidad.
Sin embargo —y este es el hallazgo central—, las personas son mucho menos propensas a considerar a los robots como artistas. Aunque aceptan que la obra puede ser arte, se resisten a atribuir al robot el estatus de artista. Esta disociación no es trivial: revela que, para el público, ser artista implica algo más que producir objetos estéticamente valorables.
¿Por qué un robot no puede ser artista? La cuestión de la intencionalidad
El estudio de Mikalonytė y Kneer ofrece una pista crucial para explicar esta resistencia: la gente está menos dispuesta a atribuir intenciones artísticas a los robots . En otras palabras, aunque un robot pueda generar una imagen que consideramos bella o interesante, no creemos que detrás de esa imagen haya un propósito, una voluntad de expresión, un deseo de comunicar algo.
Esta es una diferencia fundamental. La tradición filosófica del arte, desde el Romanticismo al menos, ha puesto el énfasis en la intencionalidad del creador. El artista no es solo un artesano que produce objetos, sino un sujeto que expresa su interioridad, que comunica sus emociones, que busca provocar una respuesta en el espectador.
Cuando contemplamos una pintura humana, incluso si es abstracta, tendemos a preguntarnos: ¿qué quiso decir el artista? ¿Qué sentía? ¿Qué intentaba comunicar? Estas preguntas presuponen una mente, una subjetividad, una historia personal. En el caso de un robot, por sofisticado que sea su algoritmo, no hay nadie "dentro" que pueda querer, sentir o comunicar en ese sentido pleno.
El experimento confirma esta intuición: la atribución de intencionalidad artística es un predictivo clave de la disposición a conceder el estatus de artista. Y esa atribución, simplemente, no se da en el caso de los robots, al menos no en la misma medida que en el caso de los humanos.
Artefacto versus autor: la paradoja del arte generado por IA
El estudio de Mikalonytė y Kneer pone de manifiesto una paradoja interesante. Por un lado, la cultura contemporánea ha ampliado enormemente el concepto de arte: el ready-made de Duchamp, el arte conceptual, las instalaciones, el performance... Todo ello ha desplazado la atención del objeto a la idea, del producto al proceso. Podría pensarse que, en este contexto, atribuir estatus artístico a una obra generada por IA no debería ser problemático.
Sin embargo, el público sigue estableciendo una distinción clara entre la obra y su autor. La obra puede ser arte, pero el robot no es artista. ¿Qué significa esto? Quizás que, en el fondo, seguimos concibiendo el arte como un acto de comunicación entre subjetividades. La obra es el vehículo, el artista es la fuente. Si no hay una fuente consciente, intencional, encarnada, entonces la obra, por bella que sea, se convierte en un artefacto huérfano, en un mensaje sin remitente.
Esta intuición popular, lejos de ser un mero prejuicio tecnófobo, tiene profundas raíces filosóficas. Autores como Walter Benjamin hablaron del "aura" de la obra de arte original, vinculada a su presencia única en el tiempo y el espacio. Otros, como Richard Wollheim, insistieron en que la comprensión del arte requiere atribuir al artista un estado mental —una intención, una emoción, una creencia— que se expresa en la obra. Sin esa atribución, la experiencia estética se empobrece o se transforma en otra cosa.
Conexión con la investigación sobre el origen del arte (S/Y/C)
Este estudio experimental conecta de manera directa con la investigación que venimos desarrollando sobre el modelo S/Y/C del funcionamiento neuronal y la Ley de coherencia biológica.
La resistencia del público a considerar a los robots como artistas se debe, fundamentalmente, a que la gente no les atribuye intencionalidad artística. Y la intencionalidad artística, desde nuestro modelo, es una manifestación de la dimensión Y (Symbolon), pero también de S (Supervivencia) y C (Completitud).
S (Supervivencia): La intencionalidad artística no es un lujo abstracto. Está enraizada en la necesidad biológica de regular nuestros estados afectivos. El artista crea porque siente, porque le duele, porque le alegra, porque necesita procesar el mundo para sobrevivir en él. Un robot no tiene estas necesidades porque no tiene un cuerpo que preservar, ni una historia evolutiva de miedos y esperanzas, ni una biografía personal de pérdidas y amores.
Y (Symbolon): La intención artística es, ante todo, una intención simbólica. El artista no solo produce formas: produce symbolon, actos de reconocimiento mediante códigos compartidos. Quiere que el espectador vea algo, sienta algo, reconozca algo. El robot puede manipular símbolos con eficacia, pero no habita el símbolo. No hay nadie "dentro" que intente reconocer o ser reconocido.
C (Completitud): El artista busca, a través de su obra, alcanzar una forma de completitud —cerrar una forma, resolver un ritmo, integrar una experiencia dispersa en una totalidad coherente. Esa pulsión hacia la completitud es una necesidad biológica y existencial del organismo vivo. Un robot no la experimenta porque no es un ser que se despliegue en el tiempo hacia un fin, ni que anhele integrarse en un todo más grande que él mismo.
El estudio de Mikalonytė y Kneer confirma empíricamente lo que nuestra Filosofía Quirúrgica predice: el público no es irracional al resistirse a llamar "artista" a un robot. Simplemente está detectando, quizás de manera implícita, que la creatividad artística plena requiere algo que las máquinas, por ahora, no poseen: un cuerpo que siente, una intención que se expresa, una subjetividad que se despliega en el tiempo.
Implicaciones para el futuro del arte y la IA
¿Significa esto que la inteligencia artificial no tiene nada que aportar al mundo del arte? En absoluto. El estudio muestra que el público está dispuesto a considerar las obras generadas por IA como arte. Y eso es un reconocimiento importante: los algoritmos pueden producir objetos con un valor estético genuino, que nos interpelan, nos emocionan, nos hacen pensar.
Sin embargo, la reticencia a llamar "artistas" a los robots no es un obstáculo que deba ser eliminado, sino una distinción que debemos preservar. Nos recuerda que el arte no es solo una cuestión de productos, sino de procesos encarnados. El arte es el testimonio de que hay alguien —un ser de carne y hueso, con una historia, con un cuerpo que siente— que ha querido decir algo. Ese "alguien" es insustituible.
La inteligencia artificial puede ser una herramienta poderosa para los artistas humanos. Puede ampliar su creatividad, ofrecerles variaciones inesperadas, liberarles de tareas tediosas. Pero el lugar del artista —como fuente de intencionalidad, como sujeto encarnado, como agente moral y afectivo— seguirá siendo, previsiblemente, humano. Porque el arte, en su esencia, es el encuentro entre dos subjetividades: la del creador y la del espectador. Y ese encuentro, por ahora, solo puede ocurrir entre seres que sienten.
Consideraciones finales: el arte como encuentro de subjetividades
El estudio de Mikalonytė y Kneer nos ofrece una lección valiosa para la investigación sobre el origen del arte. El arte humano no nació como una mera producción de objetos bellos. Nació como una forma de comunicación afectiva, como un puente entre mentes atrapadas en la soledad de sus cráneos. El arte es, ante todo, un acto de expresión y un llamado a la respuesta.
Por eso, aunque una máquina pueda producir objetos formalmente análogos a los humanos, no puede ocupar el lugar del artista. Porque el artista no es solo un productor de formas: es un ser que dice algo, que busca ser escuchado, que comparte su mundo interior. Y eso, quizás, es lo más humano que existe.
La inteligencia artificial puede imitar el producto. Pero el proceso —el temblor de la mano, la duda ante el lienzo, la alegría del trazo logrado, la esperanza de que alguien, algún día, entienda lo que quisiste decir— sigue siendo, por ahora, patrimonio exclusivo de lo vivo.
Referencias bibliográficas
López Mallo, J. B. (2023). La construcción neuro-simbólica. Una aproximación al funcionamiento del cerebro desde una perspectiva multidisciplinar [Tesis doctoral, Universidad del País Vasco - Euskal Herriko Unibertsitatea]. Repositorio ADDI. http://hdl.handle.net/10810/62701
https://catalogo.sanchoelsabio.eus
López Mallo, J. B. (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57196
https://www.amazon.com/dp/B0GYGTJD5C
López Mallo, J. B. (2026b). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57197
https://www.amazon.com/dp/B0GY89SZS1
Mikalonytė, E. S., & Kneer, M. (2022). Can artificial intelligence make art? ACM Transactions on Human-Robot Interaction, 11(4), 1–21. https://doi.org/10.1145/3510829
Autor / Author
Bernabé Mallo
Doctor en Filosofía – Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
Investigador independiente en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte.
Bernabé Mallo
PhD in Philosophy – University of the Basque Country / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
Independent researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origin of art.
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ORCID: https://orcid.org/0000-0001-9002-9728
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