Bernabé Mallo
Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
Investigador
en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte. / PhD in
Philosophy – University of the Basque Country (UPV/EHU)
Researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origins of art.
Una reseña del artículo de Hengran Yang (2025): Artificial intelligence art robots: the future of technological art or the end of the human artist?
Introducción: ¿sustitución o colaboración?
En 2018, un retrato generado por inteligencia artificial se subastó en Christie's por 432.500 dólares. La obra, titulada Portrait of Edmond de Belamy, fue creada por el colectivo francés Obvious y presentaba un aspecto clásico —un hombre de rostro borroso, vestido con una chaqueta oscura— que recordaba a la pintura del Antiguo Régimen. Su precio final superó con creces la estimación inicial, y el acontecimiento fue interpretado por muchos como el pistoletazo de salida de una nueva era: la del arte sin artista.
Ese mismo año, un robot llamado Ai-Da —con rasgos femeninos, brazos articulados y cámaras en los ojos— comenzaba a dibujar y pintar utilizando algoritmos de aprendizaje profundo. Poco después expondría en la Bienal de Venecia. La pregunta que estos acontecimientos hicieron inevitable no es ya una especulación futurista, sino un debate urgente: ¿estamos asistiendo al ocaso del artista humano? ¿O, por el contrario, la tecnología está abriendo nuevas vías para una creatividad ampliada, híbrida, inédita?
Hengran Yang, en un artículo publicado en 2025 en la International Theory and Practice in Humanities and Social Sciences, aborda precisamente esta cuestión . Su objetivo es doble: por un lado, trazar la evolución histórica del arte generado por inteligencia artificial —desde los experimentos algorítmicos de los años sesenta hasta las redes generativas antagónicas (GAN) y los robots artistas contemporáneos—; por otro, evaluar si estas tecnologías representan una amenaza existencial para el arte humano o, más bien, una oportunidad para repensar la creatividad en términos colaborativos.
La conclusión de Yang es matizada, pero clara: la inteligencia artificial no está llamada a reemplazar al artista humano, sino a complementarlo. Sus capacidades técnicas son impresionantes, pero carecen de algo fundamental que solo un cuerpo encarnado, una historia personal y una sensibilidad cultural pueden aportar: la expresión emocional genuina y la capacidad de infundir significado compartido. De ahí la metáfora que da título a esta reseña: los pinceles pueden ser de silicio, pero las manos que los guían siguen siendo de carne. Y en esa tensión —entre lo algorítmico y lo orgánico— se juega el futuro del arte.
Desde la perspectiva de nuestra investigación sobre el modelo S/Y/C y la Filosofía Quirúrgica, este artículo ofrece una oportunidad para contrastar dos aproximaciones: la de Yang, centrada en la evolución tecnológica y las implicaciones sociológicas, y la nuestra, que indaga en las bases biológicas y simbólicas de la experiencia estética (Mallo, 2023, 2025, 2026a, 2026b). El resultado, como veremos, es una complementariedad más que una oposición.
Un recorrido histórico: de los algoritmos a Ai-Da
Yang realiza un recorrido histórico que ayuda a contextualizar el presente. Los primeros experimentos de arte algorítmico se remontan a los años sesenta, cuando pioneros como Harold Cohen desarrollaron sistemas como AARON, capaz de generar dibujos autónomos. Estas primeras aproximaciones eran, sin embargo, limitadas: los algoritmos seguían reglas explícitas programadas por humanos, y su "creatividad" era, en el fondo, una proyección de las decisiones del programador.
El salto cualitativo se produjo con la irrupción de las redes generativas antagónicas (GAN), desarrolladas por Ian Goodfellow en 2014. Este tipo de arquitectura, basada en la competencia entre dos redes —una que genera, otra que discrimina—, permitió que las máquinas aprendieran a producir imágenes, música y textos con un nivel de realismo y variedad antes inimaginable. Precisamente, el Portrait of Edmond de Belamy fue generado mediante una GAN entrenada con un conjunto de 15.000 retratos pintados entre los siglos XIV y XX.
El último hito en este recorrido son los robots artistas como Ai-Da, un sistema antropomórfico capaz de dibujar y pintar utilizando algoritmos de aprendizaje profundo. Ai-Da no solo genera obras; las presenta en galerías, concede entrevistas y participa en paneles de discusión. Su existencia plantea una pregunta incómoda: si un robot puede comportarse como un artista —exponer, hablar sobre su obra, interactuar con el público—, ¿en qué se diferencia de un artista humano?
La respuesta de Yang es que la diferencia es ontológica: el robot no tiene conciencia, no experimenta emociones, no posee una biografía ni una sensibilidad cultural. Su comportamiento es una simulación, no una expresión. Pero la simulación, advierte el autor, puede ser tan efectiva que el público tienda a tratarla como si fuera real. Y ahí reside el peligro: que la técnica nos haga olvidar lo que el arte, en su origen y en su función, significa para los seres humanos.
Autoría, creatividad y la sombra de la intencionalidad
Una de las contribuciones más valiosas del artículo de Yang es su análisis de las cuestiones filosóficas y éticas que el arte de IA suscita . Entre ellas, destacan tres: la autoría, la creatividad y la intencionalidad.
Autoría: Yang sostiene que la irrupción de la IA disuelve la figura clásica del autor individual. La responsabilidad creativa se fragmenta y se reparte entre múltiples instancias: la arquitectura del sistema, la selección de los datos de entrenamiento, el ajuste de los parámetros, las decisiones del operador, e incluso los elementos aleatorios que introducen los modelos generativos. El resultado es una red de agencia distribuida donde la contribución humana y la mecánica se entrelazan sin que una anule a la otra. Las categorías legales y estéticas heredadas —pensadas para un mundo de autores singulares y obras originales— se quedan cortas ante esta nueva complejidad.
Creatividad: ¿puede una máquina ser creativa? Yang responde con un matiz. Las máquinas pueden generar novedad estadística —combinaciones imprevistas de elementos aprendidos—, pero no pueden generar novedad ontológica —algo que rompa radicalmente con el pasado, que introduzca una nueva forma de ver el mundo. La creatividad humana es siempre, en cierta medida, transgresora. La de la IA es, por ahora, combinatoria.
Intencionalidad: este es el punto más delicado. Yang sostiene que los sistemas de IA no poseen intencionalidad en el sentido filosófico del término. No persiguen fines, no toman decisiones deliberadas, no buscan comunicar algo a un espectador. Procesan datos, optimizan funciones, generan salidas. Pero no hay nadie "dentro" que quiera decir algo. Y sin intencionalidad, sostiene Yang, no hay arte en el sentido plenamente humano.
Esta carencia no es necesariamente un defecto. La IA puede ser una herramienta poderosa para los artistas humanos, ampliando su capacidad de exploración, ofreciéndoles variaciones inesperadas, liberándoles de tareas tediosas. Pero el lugar del artista —como fuente de intencionalidad, como sujeto encarnado, como agente moral y afectivo— sigue siendo, por ahora, exclusivamente humano.
La dimensión emocional y cultural: lo que la IA no puede (todavía) simular
Otro aspecto destacado del análisis de Yang es su énfasis en la dimensión emocional y cultural del arte. Las máquinas pueden generar obras formalmente complejas, pero carecen de expresión emocional humana y sensibilidad cultural .
¿Qué significa esto en la práctica? Un algoritmo puede pintar un paisaje invernal, pero no ha sentido nunca el frío. Puede componer una marcha fúnebre, pero no ha perdido a nadie. Puede escribir un poema de amor, pero no ha amado. El arte humano nace de la experiencia vivida, del cuerpo que siente, de la memoria que duele y celebra. La IA, por su parte, opera sobre datos, no sobre vivencias. El Portrait of Edmond de Belamy es visualmente interesante, pero no hay detrás una biografía, una angustia, un deseo de trascendencia. Hay una función de pérdida, un optimizador, un conjunto de 15.000 retratos.
La sensibilidad cultural es igualmente irreductible. Una obra de arte no flota en un vacío abstracto; pertenece a una tradición, dialoga con otras obras, se inscribe en una historia compartida. La IA puede aprender patrones estilísticos, pero no puede comprender el significado cultural de esos patrones. No sabe por qué ciertas formas conmueven en un contexto y no en otro, ni cómo una tradición artística se transforma a lo largo del tiempo en respuesta a cambios sociales, políticos o tecnológicos.
Esta limitación no invalida el arte de IA, pero sí lo sitúa en su lugar adecuado: no como sustituto del arte humano, sino como herramienta de exploración estética que amplía el repertorio formal disponible para los artistas.
Hacia una colaboración humano-máquina: el futuro según Yang
La conclusión de Yang es explícita: la IA desempeñará un papel complementario, no competitivo, en el ecosistema artístico . El futuro no es la sustitución del artista humano por la máquina, sino la colaboración entre ambos.
¿En qué consistiría esta colaboración? Yang sugiere varias líneas. En primer lugar, los artistas humanos podrán utilizar la IA como un asistente creativo, generando variaciones, explorando posibilidades estilísticas, superando bloqueos técnicos. En segundo lugar, la IA podrá ser utilizada para democratizar el acceso a la creación artística, permitiendo que personas sin formación técnica o artística puedan expresarse. En tercer lugar, la IA podrá contribuir a nuevas formas de arte híbrido, donde la frontera entre lo humano y lo algorítmico se vuelva intencionadamente difusa.
Esta visión optimista no es ingenua. Yang advierte sobre los riesgos: la homogeneización estilística que puede derivarse de la dependencia de los mismos conjuntos de datos; la desposesión del artista cuando el sistema es tan autónomo que la contribución humana se diluye; la mercantilización de la creatividad cuando las obras generadas por IA inundan el mercado.
Para evitar estos peligros, Yang propone una alfabetización tecnológica de los artistas. No se trata de que todos se conviertan en programadores, sino de que comprendan lo suficiente para usar la IA con criterio, para criticar sus resultados, para integrarla en su práctica sin perderse a sí mismos.
Conexión con la investigación sobre el origen del arte (S/Y/C)
El artículo de Yang resuena profundamente con la investigación que venimos desarrollando sobre el modelo S/Y/C del funcionamiento neuronal y la Ley de coherencia biológica (Mallo, 2023, 2025, 2026a, 2026b). Sus conclusiones sobre los límites de la IA pueden reinterpretarse a la luz de nuestras tres dimensiones.
La dimensión S (Supervivencia) nos recuerda que el arte humano está enraizado en necesidades homeostáticas. El artista crea porque siente —dolor, alegría, asombro, pérdida— y porque necesita procesar esas sensaciones para mantener el equilibrio. La IA no tiene cuerpo, no experimenta necesidades vitales. Puede producir objetos formales, pero no responde a la pulsión de supervivencia que, en los humanos, impulsa la creación.
La dimensión Y (Symbolon) es central para entender la diferencia entre la expresión humana y la generación algorítmica. El symbolon es un acto de reconocimiento mediante códigos compartidos, un puente entre subjetividades. Cuando un humano contempla una obra, no solo procesa formas; reconoce intenciones, emociones, significados. La IA puede manipular símbolos, pero no habita el símbolo. No hay nadie dentro que reconozca o sea reconocido. El arte humano es symbolon vivido; el arte de IA es symbolon simulado.
La dimensión C (Completitud) apunta a la necesidad humana de cerrar formas, de encontrar totalidades coherentes. El arte nos satisface cuando logra esa completitud —cuando la forma se cierra, el ritmo se resuelve, el significado emerge. La IA puede generar objetos formalmente cerrados, pero no experimenta la pulsión hacia la completitud. Su "obra" no es el resultado de un anhelo, sino de un cálculo.
La Filosofía Quirúrgica nos invita a aplicar un corte analítico preciso al debate planteado por Yang. No se trata de rechazar la IA ni de aceptarla acríticamente, sino de distinguir niveles. En el nivel de la producción técnica, la IA es una herramienta poderosa. En el nivel de la experiencia estética plena —esa que involucra supervivencia, símbolo y completitud—, el lugar del artista sigue siendo humano.
Yang acierta al señalar la falta de intencionalidad y emoción en la IA, pero no profundiza en las bases biológicas de esa carencia. Nuestra investigación ofrece ese fundamento: la IA no puede tener intencionalidad porque la intencionalidad no es una función computable, sino un atributo de los sistemas vivos que necesitan sobrevivir, simbolizar y completar sentidos.
Consideraciones finales: el arte como encuentro entre cuerpos y sentidos
El artículo de Hengran Yang tiene el mérito de ofrecer una visión equilibrada y bien informada del arte generado por IA. No cae ni en la apocalipsis tecnófoba ni en la euforia acrítica. Reconoce las capacidades de las máquinas, pero también sus límites. Y propone un futuro de colaboración, no de sustitución.
Desde nuestra perspectiva, ese futuro es deseable y probable. Pero para que la colaboración sea genuina, no debemos perder de vista lo que el arte humano tiene de irreductible: su origen en un cuerpo que siente, su función en la regulación homeostática, su poder para crear símbolos compartidos, su pulsión hacia la completitud. La IA puede ser una aliada en esta tarea, pero no puede asumirla por sí misma.
El arte, en definitiva, no es solo cuestión de producir objetos bellos. Es un encuentro entre subjetividades encarnadas. Un encuentro que requiere que alguien sienta para que alguien pueda reconocer ese sentir. La IA puede facilitar el encuentro, pero no puede ocupar el lugar de ninguno de los dos polos. Los pinceles pueden ser de silicio, pero las manos que los guían —y los corazones que laten tras ellas— siguen siendo de carne.
Y mientras recordemos eso, podremos usar los algoritmos sin miedo, pero también sin ingenuidad. Como herramientas, no como ídolos. Como extensiones de nuestra creatividad, no como sustitutos de nuestra condición.
Referencias bibliográficas
Mallo, B. (2023). La construcción neuro-simbólica. Una aproximación al funcionamiento del cerebro desde una perspectiva multidisciplinar [Tesis doctoral, Universidad del País Vasco - Euskal Herriko Unibertsitatea]. Repositorio ADDI. http://hdl.handle.net/10810/62701
Mallo, B. (2025). Arte y biología: Una aproximación neurofilosófica al origen de la experiencia estética. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://www.amazon.com/dp/B0E8Y5WZMK
Mallo, B. (2025). Art and biology: A neurophilosophical approach to the origin of aesthetic experience. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://www.amazon.com/dp/B0E8Y6C2XN
Mallo, B. (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57196
Mallo, B. (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo [Versión Kindle]. Amazon. https://www.amazon.com/dp/B0GYGTJD5C
Mallo, B. (2026b). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage. Lopez Mallo, Javier Bernabé. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57197
Mallo, B. (2026b). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage [Kindle edition]. Amazon. https://www.amazon.com/dp/B0GY89SZS1
Yang, Hengran (2025). Artificial intelligence art robots: the future of technological art or the end of the human artist? International Theory and Practice in Humanities and Social Sciences 2 (1):243-251. https://philpapers.org/rec/YANAIA-4
Autor / Author
Bernabé Mallo
Doctor en Filosofía – Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
Investigador independiente en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte.
Bernabé Mallo
PhD in Philosophy – University of the Basque Country / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
Independent researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origin of art.
Enlaces / Links
Página de autor Amazon / Amazon Author Page: https://www.amazon.com/author/bernabemallo
ORCID: https://orcid.org/0000-0001-9002-9728
Plataforma EHUenRed / Link EHUenRed: https://www.ehu.eus/es/web/masterrak-eta-graduondokoak/red-latinoamericana-de-posgrados
Canal YouTube / Channel YouTube: https://www.youtube.com/@neuroideas815
Canal YouTube / Channel YouTube: https://www.youtube.com/channel/UCBsf6OZ482NjST6QA-hvYtQ
Publicaciones y proyectos en desarrollo / Publications and projects:
https://www.amazon.com/author/bernabemallo
https://ehuenred.theglocal.network/ideas/el-origen-del-arte-en-el-cerebro-de-makapansgat-al-moma-del-primate-al-sapiens
No hay comentarios:
Publicar un comentario