Bernabé Mallo
Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
Investigador
en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte. / PhD in
Philosophy – University of the Basque Country (UPV/EHU)
Researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origins of art.
Una reflexión sobre el origen del arte y la continuidad de la especie a la luz de Clottes, Menninghaus y Henshilwood
Introducción: una pregunta simple y compleja
¿Qué une a un australopiteco que recolecta una piedra con forma de rostro, a un artista paleolítico que se adentra en las profundidades de una cueva para pintar un bisonte, a un educador del antiguo Egipto que protege a los jóvenes con amuletos y enseñanzas, y a un astronauta contemporáneo que contempla la Tierra desde el espacio? La respuesta, quizás, es más simple de lo que parece: todos ellos son hijos de una misma especie, portadores de una misma herencia simbólica, movidos por una misma pulsión hacia la supervivencia, el significado y la totalidad.
Partamos de una experiencia vivida. Los pueblos guaraníes del Paraguay, como tantas otras culturas indígenas, demuestran un conocimiento extraordinario de su entorno natural y de sus posibilidades de supervivencia. Conocen las plantas, los animales, los ciclos, los peligros. Saben cómo moverse, cómo protegerse, cómo obtener recursos. Este conocimiento no es una excepción: es la norma en toda cultura humana que ha dependido directamente de su entorno. Los sistemas educativos del antiguo Egipto, por su parte, nos muestran otro aspecto de esta misma capacidad: la infancia era protegida mediante enseñanzas avanzadas y amuletos que las resguardaban de las amenazas del entorno . La supervivencia no era solo física, sino también simbólica.
Si el conocimiento del entorno genera confianza, y la confianza impulsa la exploración, entonces la historia de nuestra especie es la historia de una expansión continua. Conocemos nuestro entorno, nos sentimos seguros, y nos aventuramos a investigar otras tierras, otras culturas, otros mundos. Así fue en el pasado, y así sigue siendo hoy. La pregunta que nos planteamos es, por tanto, una pregunta sobre la continuidad de lo humano: ¿qué ocurrió para que un australopiteco llevara una piedra como Makapansgat hasta su hogar? ¿Qué ocurrió para que los artistas de Altamira o Lascaux pintaran animales en zonas de difícil acceso, casi escondidos? ¿Qué ocurrió para que los egipcios desarrollaran sistemas educativos tan avanzados? ¿Y qué ocurre hoy con los viajeros del espacio?
El enigma de Makapansgat: el primer gesto simbólico
El guijarro de Makapansgat, una piedra de jaspe rojizo de unos 260 gramos, fue encontrado en 1925 en una cueva de Sudáfrica, a varios kilómetros de su fuente natural más cercana . Sus marcas y desgastes naturales le dan un sorprendente parecido a un rostro humano. No fue tallado ni modificado por mano humana. Fue recolectado y transportado. ¿Por qué?
La respuesta, aunque incierta, es fascinante. Alguien —un australopiteco, quizás, o algún otro homínido temprano— vio en esa piedra algo más que una piedra. Vio un rostro. Y no solo lo vio: lo valoró lo suficiente como para llevarlo consigo, para hacerlo parte de su hogar, para conservarlo en un espacio habitado.
Este gesto, aparentemente trivial, es la primera evidencia de una capacidad que nos define como especie: la capacidad de reconocer símbolos, de ver más allá de la realidad inmediata, de atribuir significado a objetos que no tienen utilidad práctica. La piedra de Makapansgat no servía para cortar, ni para golpear, ni para protegerse. Servía para mirar. Y al mirarla, quien la encontró se veía a sí mismo reflejado en ella.
Los descubrimientos de Blombos Cave, con sus ocre grabados de más de 70.000 años de antigüedad, confirman que esta capacidad simbólica no fue un accidente aislado . Los patrones geométricos abstractos grabados en esas piezas no son representaciones de animales o personas. Son símbolos: convenciones arbitrarias creadas para expresar conceptos compartidos, cuyo significado se ha perdido pero cuya intención simbólica es indiscutible . Como señala Christopher Henshilwood, "estos hallazgos demuestran que el uso del ocre en el Middle Stone Age no era exclusivamente utilitario y, posiblemente, la transmisión y el intercambio del significado de los grabados dependía de un lenguaje plenamente sintáctico" .
El arte de las cuevas: ¿por qué esconder la belleza?
Si los grabados de Blombos nos muestran la capacidad de crear símbolos, las pinturas de Altamira y Lascaux nos muestran la capacidad de esconderlos. Los animales representados en estas cuevas no están en las entradas, ni en las zonas iluminadas. Están en las profundidades, en galerías estrechas, en lugares de difícil acceso . ¿Por qué?
Jean Clottes, en su artículo sobre la interpretación del arte prehistórico, revisa las principales teorías que han intentado responder a esta pregunta. La teoría del "arte por el arte", que veía en estas obras un mero entretenimiento o adorno, fue abandonada precisamente porque no podía explicar por qué se realizaban en lugares tan remotos y oscuros. La teoría de la magia simpática, que las interpretaba como rituales para asegurar el éxito en la caza, tampoco lograba dar cuenta de todas las evidencias: los animales representados no eran siempre los más cazados, y las figuras heridas o acribilladas son sorprendentemente raras.
La hipótesis más reciente, defendida por Clottes junto a David Lewis-Williams, es la del chamanismo paleolítico. Según esta interpretación, las cuevas profundas eran percibidas como el reino de los espíritus, como puertas al mundo sobrenatural. Adentrarse en ellas era, por tanto, una forma de viaje chamánico, una búsqueda de contacto con las fuerzas que regían el mundo. Las pinturas y grabados serían la materialización de las visiones obtenidas durante el trance, y los relieves naturales de las paredes —que podían evocar formas animales— serían utilizados deliberadamente para "liberar" a los espíritus de la roca .
Esta hipótesis ofrece una respuesta a las preguntas que nos planteábamos. Los animales representados no eran los más consumidos porque no eran objetos de caza, sino espíritus auxiliares: seres con los que el chamán se encontraba en sus visiones, y cuyo poder buscaba canalizar. La representación en zonas de difícil acceso no era un capricho, sino una necesidad: el viaje al mundo subterráneo era una metáfora del viaje al mundo de los espíritus, y la dificultad del acceso formaba parte del ritual. Las cuevas no eran escondites, sino santuarios: lugares donde la comunidad podía entrar en contacto con lo sagrado.
El viajero incansable: de Altamira al espacio exterior
Si el arte paleolítico era una forma de viaje espiritual, nuestra especie nunca ha dejado de viajar. Los homínidos que recolectaron la piedra de Makapansgat, los artistas que pintaron en las profundidades de las cuevas, los educadores que protegieron a los niños del antiguo Egipto, y los astronautas que hoy exploran el espacio comparten una misma característica: la insatisfacción con el presente, la necesidad de ir más allá, de explorar, de conocer, de trascender.
Esta pulsión viajera no es un accidente cultural. Es una consecuencia de nuestra capacidad simbólica, de nuestra capacidad de simbolizar lo que no está presente y de desear lo que aún no existe. El viajero espacial no es diferente del cazador paleolítico que se adentraba en una cueva oscura, ni del navegante polinesio que cruzaba el Pacífico en canoas, ni del explorador que cartografiaba continentes desconocidos. Todos ellos son portadores de la misma herencia: la capacidad de imaginar un más allá y de actuar para alcanzarlo.
La tecnología que posibilita estos viajes —desde las herramientas de hueso de Blombos hasta los cohetes espaciales— es también una manifestación de la misma capacidad simbólica . Las herramientas de hueso de Blombos, de unos 70.000 años de antigüedad, no son solo objetos útiles. Son productos de una secuencia de elecciones técnicas deliberadas, que requieren planificación, conocimiento y transmisión de saberes . Son, en este sentido, el equivalente paleolítico de una nave espacial: el resultado de una mente que piensa a largo plazo, que anticipa necesidades y que diseña soluciones para problemas futuros.
Hacia una síntesis: el arte como testimonio de la continuidad humana
Winfried Menninghaus, en su libro Aesthetics after Darwin, propone un modelo de "cooptación" para explicar el origen múltiple de las artes humanas . Según este modelo, el arte surgió cuando tres adaptaciones antiguas y en gran medida independientes —los sesgos sensoriales vinculados a la selección sexual, el comportamiento de juego y la tecnología— se unieron y fueron transformadas por las capacidades humanas de cognición simbólica y lenguaje. El arte, desde esta perspectiva, no es una adaptación específica para una función concreta, sino una nueva variante de comportamiento que emergió de la confluencia de varios factores evolutivos.
Este modelo se ajusta perfectamente a la continuidad que hemos trazado desde Makapansgat hasta la exploración espacial. La capacidad de reconocer un rostro en una piedra (sesgo sensorial), la curiosidad por explorar lo desconocido (comportamiento de juego), y la habilidad para fabricar herramientas que nos permitan llegar más lejos (tecnología) se combinaron con la capacidad simbólica para crear arte, para viajar, para educar, para trascender.
La pregunta que nos planteábamos al principio —qué une al australopiteco, al artista paleolítico, al educador egipcio y al astronauta— encuentra así una respuesta: todos ellos son manifestaciones de una misma función neuronal única, que hemos denominado S/Y/C:
S (Supervivencia): la necesidad de conocer el entorno, de protegerse, de asegurar la continuidad de la vida. El guaraní que conoce la selva, el egipcio que protege a sus hijos, el astronauta que mantiene su nave en funcionamiento: todos ellos están atendiendo a la supervivencia.
Y (Symbolon): la capacidad de crear y compartir símbolos, de atribuir significado a objetos y acciones. El australopiteco que ve un rostro en una piedra, el artista que pinta un bisonte en una cueva, el egipcio que fabrica un amuleto, el astronauta que planta una bandera en la Luna: todos ellos están creando symbolon.
C (Completitud): la pulsión hacia la totalidad, la necesidad de cerrar un ciclo, de alcanzar una meta. El viajero que se adentra en la cueva, el explorador que cruza el océano, el astronauta que llega al espacio: todos ellos están buscando la completitud, la sensación de haber llegado a algún lugar.
Consideraciones finales: la especie que no deja de viajar
La historia de nuestra especie es la historia de un viaje continuo. Comenzó con un paso vacilante fuera de África, continuó con la exploración de todos los continentes, y hoy nos lleva a los confines del sistema solar. Pero el viaje no es solo físico. También es espiritual, simbólico, interior. El arte, la religión, la filosofía, la ciencia y la tecnología son las diferentes formas que ha adoptado ese viaje.
La piedra de Makapansgat, las pinturas de Altamira, las herramientas de hueso de Blombos, los amuletos egipcios, y las naves espaciales actuales son todos hitos de un mismo camino: el camino de una especie que no se conforma con lo que tiene, que siempre quiere ir más allá, que nunca deja de preguntarse qué hay al otro lado.
Y en ese camino, lo que llevamos con nosotros es siempre lo mismo: nuestra capacidad de simbolizar, de crear significado, de buscar la totalidad. Eso es lo que nos hace humanos. Y eso es lo que, probablemente, seguirá acompañándonos mientras el viaje continúe.
Referencias bibliográficas
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Henshilwood, C. S., d'Errico, F., Marean, C. W., Milo, R. G., & Yates, R. (2001). An early bone tool industry from the Middle Stone Age at Blombos Cave, South Africa: Implications for the origins of modern human behaviour, symbolism and language. Journal of Human Evolution, 41(6), 631–678. https://doi.org/10.1006/jhev.2001.0515
Henshilwood, C. S., d'Errico, F., Yates, R., Jacobs, Z., Tribolo, C., Duller, G. A. T., Mercier, N., Sealy, J. C., Valladas, H., Watts, I., & Wintle, A. G. (2002). Emergence of modern human behavior: Middle Stone Age engravings from South Africa. Science, 295(5558), 1278–1280. https://doi.org/10.1126/science.1067575
Henshilwood, C. S., d'Errico, F., & Watts, I. (2009). Engraved ochres from the Middle Stone Age levels at Blombos Cave, South Africa. Journal of Human Evolution, 57(1), 27–47. https://doi.org/10.1016/j.jhevol.2009.02.006
Mallo, B. (2023). La construcción neuro-simbólica. Una aproximación al funcionamiento del cerebro desde una perspectiva multidisciplinar [Tesis doctoral, Universidad del País Vasco - Euskal Herriko Unibertsitatea]. Repositorio ADDI. http://hdl.handle.net/10810/62701
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Mallo, B. (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo [Versión Kindle]. https://www.amazon.com/dp/B0GYGTJD5C
Mallo, B. (2026b). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57197
Menninghaus, W. (2019). Aesthetics after Darwin: The multiple origins and functions of the arts (A. Berlina, Trad.). Academic Studies Press. (Obra original publicada en 2011)
Autor / Author
Bernabé Mallo
Doctor en Filosofía – Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
Investigador independiente en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte.
Bernabé Mallo
PhD in Philosophy – University of the Basque Country / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
Independent researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origin of art.
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