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jueves, 1 de octubre de 2026

El ojo algorítmico: cómo la inteligencia artificial aprende a ver el arte

 

Bernabé Mallo

Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
Investigador en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte. / PhD in Philosophy – University of the Basque Country (UPV/EHU)
Researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origins of art.

 

 

Una reseña del estudio de Yali Liu y Can Zhu (2025) en Scientific Reports: The use of deep learning and artificial intelligence-based creative teaching in art education


Introducción: cuando la máquina mira un cuadro

¿Qué ve una máquina cuando contempla una pintura? No experimenta placer estético, no se conmueve con los colores, no evoca recuerdos. Pero, ¿puede aprender a reconocer lo que hace que una obra sea lo que es? ¿Puede descomponer una pincelada en sus componentes esenciales —textura, color, composición— y, a partir de ahí, generar algo nuevo?

El estudio de Yali Liu y Can Zhu, publicado en 2025 en Scientific Reports (Nature Portfolio), aborda precisamente esta cuestión. Los autores proponen y optimizan un sistema innovador de creación artística denominado Creative Intelligence Cloud (CIC), que combina redes generativas antagónicas (GAN) y redes neuronales convolucionales (CNN) para explorar cómo el aprendizaje profundo puede aplicarse a la educación artística. El objetivo no es solo generar imágenes, sino comprender el proceso mediante el cual una máquina adquiere lo que podríamos llamar un "conocimiento estético".

Este planteamiento nos sitúa ante una pregunta que atraviesa nuestra investigación sobre el origen del arte: ¿qué significa conocer una obra de arte? ¿Es suficiente con identificar patrones, estilos y estructuras compositivas, o se requiere algo más —una experiencia vivida, un cuerpo que sienta, un símbolo que se habite— que la máquina, por ahora, no posee? La respuesta, como veremos, nos obliga a distinguir entre dos formas de conocimiento: la que se basa en la correlación estadística y la que emerge de la función única del sistema nervioso.


El sistema CIC: anatomía de un aprendizaje visual

El sistema propuesto por Liu y Zhu se articula en torno a dos componentes técnicos fundamentales: las redes generativas antagónicas (GAN) y las redes neuronales convolucionales (CNN). Las GAN, introducidas por Ian Goodfellow en 2014, consisten en dos redes que compiten entre sí: una generadora, que produce imágenes, y una discriminadora, que intenta distinguir las imágenes generadas de las reales. Esta competencia adversarial obliga al generador a mejorar progresivamente la calidad de sus creaciones.

Las CNN, por su parte, son la herramienta mediante la cual el sistema "lee" las imágenes. A diferencia de una red neuronal tradicional, las CNN están diseñadas para procesar datos con una estructura de rejilla —como los píxeles de una imagen— y son capaces de detectar características locales (bordes, texturas, patrones) que luego se combinan en representaciones de mayor nivel (formas, objetos, composiciones). Es, en cierto modo, una imitación algorítmica de cómo la corteza visual humana procesa la información: desde rasgos simples hasta configuraciones complejas.

El sistema CIC se entrena con repositorios masivos de arte, como el dataset WikiArt, que contiene decenas de miles de pinturas etiquetadas por estilo, artista y época. A partir de este entrenamiento, el modelo aprende a descomponer las obras en sus elementos constituyentes: pinceladas, paletas de colores, estructuras compositivas. No "ve" el cuadro como un todo significativo, sino como una matriz de características que puede analizar, comparar y recombinar.


El "lente de datos": cómo la máquina aprende el lenguaje visual

El proceso de aprendizaje del sistema CIC ilustra lo que en otra reseña de este blog hemos denominado el "lente de datos" de la inteligencia artificial. A diferencia de una cámara fotográfica, que captura la luz de una escena real, la IA no ve el mundo directamente. Fragmenta miles de millones de imágenes preexistentes en unidades mínimas de información visual —los llamados tokens— y las asocia con etiquetas lingüísticas (palabras como "impresionista", "retrato", "azul"). De este modo, la máquina aprende un "lenguaje visual del mundo" que le permite, una vez entrenada, moverse de manera fluida y autónoma entre corrientes artísticas, estilos y épocas.

Este proceso tiene implicaciones profundas. Por un lado, permite una versatilidad sin precedentes: un modelo entrenado con WikiArt puede generar una imagen en el estilo de Van Gogh, una fotografía hiperrealista o una abstracción geométrica con la misma facilidad. Por otro lado, plantea la pregunta de qué significa "originalidad" cuando el sistema se entrena con millones de obras existentes. La máquina no inventa desde cero; recombina lo que ha aprendido. Su "creatividad" es, en el fondo, una forma sofisticada de interpolación estadística.


Lo que la máquina no puede aprender: la brecha del symbolon

Aquí es donde el análisis técnico se encuentra con la filosofía. Liu y Zhu demuestran que el sistema CIC es capaz de analizar obras de arte, identificar estilos y generar imágenes nuevas. Pero, ¿comprende lo que hace? La respuesta, desde la perspectiva de nuestra investigación, es negativa. La máquina puede manipular tokens visuales y lingüísticos, pero no habita el símbolo. No hay nadie "dentro" que reconozca o sea reconocido en el acto de creación.

Esta distinción es crucial. El symbolon, en su sentido etimológico originario, es un acto de reconocimiento mediante códigos compartidos. Cuando un artista humano crea, no solo combina formas: proyecta su interioridad, comunica una experiencia, busca un encuentro con el otro. La obra de arte es un puente entre subjetividades. La máquina, por el contrario, produce objetos que pueden ser interpretados como arte, pero no genera el proceso vivo —el sustrato de supervivencia, la dimensión simbólica, la pulsión de completitud— que da sentido a la creación humana.

El sistema CIC, al descomponer las obras en características estadísticas, pierde precisamente lo que hace que una obra sea una obra: su carácter de encuentro. La máquina puede aprender sobre el arte, pero no puede aprender desde el arte. No tiene un cuerpo que sienta, una historia que duela, una necesidad que impulse. Su conocimiento es, en el mejor de los casos, una sombra del conocimiento estético humano.


Una lectura desde el modelo S/Y/C

El estudio de Liu y Zhu ofrece un caso concreto donde se puede observar el funcionamiento de la Ley de coherencia biológica S/Y/C que constituye el núcleo de nuestra investigación (Mallo, 2023, 2025, 2026a, 2026b). Las tres dimensiones de nuestra tesis se despliegan aquí con una claridad poco común, precisamente porque el contraste con la máquina nos permite ver lo que en el humano damos por sentado.

La dimensión S (Supervivencia) se manifiesta en la utilidad del sistema CIC. Su objetivo declarado es mejorar la educación artística, proporcionar retroalimentación automatizada, ampliar el acceso a herramientas de creación. Esta es una función adaptativa legítima: la tecnología, como la cerámica neolítica, se adopta cuando resuelve un problema práctico. Pero la supervivencia del sistema no es la del organismo que lo utiliza. La máquina no necesita aprender arte para sobrevivir; el humano que la usa, sí. La IA es una herramienta de supervivencia cultural, no un sujeto que sobreviva a través de ella.

La dimensión Y (Symbolon) es el punto de mayor contraste. El sistema CIC manipula símbolos —etiquetas, estilos, representaciones visuales— con una eficacia impresionante. Pero no habita el símbolo. No hay un reconocimiento mutuo, una comunidad de códigos compartidos vividos. La máquina puede clasificar una pintura como "impresionista", pero no sabe lo que significa ser impresionista, no ha sentido la luz del sur de Francia, no ha discutido con un académico sobre la pincelada. El symbolon humano es vivido; el de la máquina, simulado.

La dimensión C (Completitud) se manifiesta en la búsqueda de la máquina por cerrar una forma, por generar una imagen coherente. Las GAN, en particular, operan mediante un proceso de convergencia: el generador y el discriminador compiten hasta alcanzar un equilibrio, un punto en el que las imágenes generadas son indistinguibles de las reales. Esta convergencia es una forma de completitud algorítmica. Pero es una completitud sin anhelo, sin la pulsión biológica que en el humano busca integrar las partes en un todo coherente. La máquina "cierra" una forma porque su función de pérdida se lo indica, no porque necesite dar sentido a su experiencia.

La Filosofía Quirúrgica nos invita a aplicar un corte analítico preciso al estudio de Liu y Zhu. No se trata de rechazar la tecnología ni de idealizarla, sino de distinguir niveles. En el nivel de la producción técnica, el sistema CIC es una herramienta poderosa que puede ampliar las capacidades del artista y del educador. En el nivel de la experiencia estética, la IA no puede reemplazar la subjetividad encarnada que constituye el corazón del arte. Y en el nivel de la responsabilidad cultural, es necesario un marco ético —como el humanismo tecnológico que hemos discutido en otras reseñas— que garantice que estas herramientas se utilizan para potenciar lo humano, no para sustituirlo.


Consideraciones finales: el arte como encuentro, no como clasificación

El estudio de Yali Liu y Can Zhu tiene el mérito de ofrecer una visión rigurosa y bien documentada de cómo el aprendizaje profundo puede aplicarse a la educación artística. Su sistema CIC demuestra que las máquinas son capaces de analizar, clasificar y generar imágenes con un grado de sofisticación que hace una década habría parecido imposible. Pero, al mismo tiempo, su trabajo revela —quizás sin proponérselo— los límites de ese enfoque.

La máquina puede aprender a reconocer un estilo, pero no a comprender por qué ese estilo importa. Puede descomponer una pincelada, pero no a sentir lo que la pincelada expresa. Puede generar una imagen nueva, pero no a habitar el proceso de creación como un acto de encuentro con el otro.

El arte, en su origen y en su función, no es una clasificación de características visuales. Es un encuentro entre subjetividades encarnadas. Y ese encuentro, por ahora, sigue siendo patrimonio exclusivo de lo vivo. La IA puede ser una aliada en la educación artística, una herramienta que amplíe el acceso y potencie la creatividad. Pero no puede ocupar el lugar del artista, ni del espectador, ni del educador. Porque el arte, como la supervivencia, el símbolo y la completitud, es algo que se vive antes de que se pueda medir.

Ahora bien, ¿qué aporta esta investigación al conjunto de nuestra indagación sobre el origen del arte? Creemos que lo más destacado no es solo lo que revela sobre las capacidades de la IA, sino la comparación que hace posible. Al observar cómo un sistema artificial, organizado por nosotros, descompone y recompone el legado visual de la humanidad, se nos ofrece un espejo inesperado para pensar cómo el propio sistema biológico, hace decenas de miles de años, pudo haber fragmentado, asimilado y reformulado el mundo para crear algo que hoy nos abarca a todos y a todo.

Comparar estas dos maneras de construir la creación —la artificial, guiada por algoritmos y datos; la biológica, guiada por necesidades, sesgos y anhelos— puede ser útil para afianzar alguna posible teoría sobre cómo los sistemas biológicos en general llegaron a producir arte. No se trata de equiparar ambos procesos, sino de utilizar el contraste como herramienta heurística: la máquina nos muestra, por ausencia, lo que la vida aporta. Y en esa ausencia —la falta de un cuerpo que sienta, de una historia que duela, de una necesidad que impulse— encontramos precisamente las claves de lo que el arte, en su origen, fue y sigue siendo.


Referencias bibliográficas

Liu, Y., & Zhu, C. (2025). The use of deep learning and artificial intelligence-based creative teaching in art education. Scientific Reports, *15*, Article 15763. https://doi.org/10.1038/s41598-025-00892-9

Mallo, B. (2023). La construcción neuro-simbólica. Una aproximación al funcionamiento del cerebro desde una perspectiva multidisciplinar [Tesis doctoral, Universidad del País Vasco - Euskal Herriko Unibertsitatea]. Repositorio ADDI. http://hdl.handle.net/10810/62701

Mallo, B. (2025). Arte y biología: Una aproximación neurofilosófica al origen de la experiencia estética. https://www.amazon.com/dp/B0E8Y5WZMK

Mallo, B. (2025). Art and biology: A neurophilosophical approach to the origin of aesthetic experience. https://www.amazon.com/dp/B0E8Y6C2XN

Mallo, B. (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57196

Mallo, B. (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo [Versión Kindle]. https://www.amazon.com/dp/B0GYGTJD5C

Mallo, B. (2026b). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57197

Yu, C., & Liu, Z. (2026). Multi-task convolutional network for artwork analysis and personalized guidance. Scientific Reports, *16*, Article 70478. https://doi.org/10.1038/s41598-026-70478-6


Autor / Author


Bernabé Mallo
 Doctor en Filosofía – Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Investigador independiente en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte.
 

Bernabé Mallo
 PhD in Philosophy – University of the Basque Country / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Independent researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origin of art.

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Página de autor Amazon / Amazon Author Page: https://www.amazon.com/author/bernabemallo
ORCID: https://orcid.org/0000-0001-9002-9728
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https://ehuenred.theglocal.network/ideas/el-origen-del-arte-en-el-cerebro-de-makapansgat-al-moma-del-primate-al-sapiens

 


viernes, 18 de septiembre de 2026

El lente de datos: cómo la inteligencia artificial descompone y recompone el arte

 

Bernabé Mallo

Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
Investigador en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte. / PhD in Philosophy – University of the Basque Country (UPV/EHU)
Researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origins of art.

 

Una reseña del artículo de Hu Yang, Yunxian Zou y Bo Gao (2026): From Digitization to the AI Era: Digital Technology Trajectories in Fine-Art Creation


Introducción: cuando la máquina aprende a mirar

¿Qué ocurre cuando una máquina intenta "ver" el mundo? No con ojos, sino con un algoritmo que fragmenta millones de imágenes en minúsculos fragmentos visuales, los asocia con palabras y aprende a recombinarlos según patrones estadísticos. La respuesta, que puede sonar a ciencia ficción, es la base de la creación artística con inteligencia artificial.

El artículo de Hu Yang, Yunxian Zou y Bo Gao, publicado en 2026 en el Asia Pacific Economic and Management Review, analiza precisamente esta transformación. Los autores proponen un recorrido histórico por las tres fases de la creación artística digital —desde la digitalización inicial hasta la irrupción de la IA generativa— y ofrecen un marco conceptual para entender cómo la tecnología está reconfigurando la autoría, la originalidad y la distribución del arte .

El concepto central de su análisis es el del "lente de datos" de la IA. A diferencia de una cámara, que captura la luz de una escena real, la IA fragmenta miles de millones de imágenes preexistentes en "tokens visuales" y los asocia con tokens lingüísticos (palabras). De este modo, la máquina "aprende el lenguaje visual del mundo" y, una vez entrenada, puede moverse de manera fluida y autónoma entre corrientes artísticas, estilos y épocas.

Este proceso, como veremos, no solo redefine qué significa "crear" arte, sino que también plantea preguntas profundas sobre la agencia artística, la propiedad intelectual y el papel del artista en la era de la automatización algorítmica.


Tres fases de la creación artística digital

Yang, Zou y Gao proponen una periodización basada en la práctica que distingue tres fases en la evolución de la tecnología digital aplicada a las bellas artes . Cada fase no solo introduce nuevas herramientas, sino que transforma la relación del artista con su obra y con el público.

Fase I (1980–2000): la traducción del medio

La primera fase, que los autores denominan "medium translation" (traducción del medio), se caracteriza por la digitalización de los medios tradicionales. Las imágenes se convierten en archivos, y los procesos lógicos —la programación— entran en el oficio artístico . Durante estas dos décadas, las herramientas digitales funcionaron principalmente como mecanismos de extensión de las prácticas analógicas.

Sin embargo, incluso en esta fase temprana, se prefiguraban debates posteriores sobre la agencia y la automatización. Como señalan los autores, "incluso cuando las herramientas digitales funcionaban en gran medida como mecanismos de traducción y extensión, ya prefiguraban debates posteriores sobre la agencia y la automatización al incrustar la creatividad en secuencias operativas y delegar partes de la creación de formas en procesos computacionales" . El artista comenzaba a ser, no solo un creador de objetos, sino un diseñador de procedimientos.

Fase II (2000–2010): la plataforma y la participación

La segunda fase, "platformized networking" (redes de creación con plataformas), está marcada por la irrupción de la Web 2.0 y las redes sociales . La publicación y la circulación de obras se vuelven continuas, de bajo umbral y socialmente integradas. El arte ya no circula como objeto aislado, sino como nodo dentro de circuitos comunicativos.

Esta fase, sin embargo, tiene un reverso oscuro. La plataformización de la creación artística somete a los artistas a regímenes de visibilidad gobernados por algoritmos, métricas e interfaces que determinan qué se ve y qué se ignora. Los autores describen esto como un "régimen de curación distribuido" en el que la circulación está determinada por la compatibilidad con las interfaces y el rendimiento en términos de engagement, más que por el mérito artístico . La economía política del trabajo creativo se hace explícita: las plataformas extraen valor del trabajo gratuito de los creadores, que proporcionan contenido, atención y datos de comportamiento sin un control o compensación equivalente .

Fase III (2010–presente): la autonomía algorítmica

La tercera fase, la actual, es la de la "algorithmic autonomy" (autonomía algorítmica) . Está definida por el auge de los sistemas de aprendizaje automático que pueden sintetizar imágenes y estilos mediante inferencia estadística, desplazando la creación artística desde la manipulación directa de píxeles hacia la generación mediada por modelos.

Los autores analizan dos hitos técnicos clave: las Redes Generativas Antagónicas (GAN), que demostraron que era posible producir imágenes sintéticas plausibles mediante aprendizaje adversarial, y los modelos de difusión, que han dominado el campo posteriormente por su capacidad para generar imágenes de alta fidelidad y permitir ediciones más flexibles y controlables .

El cambio crucial, señalan, no es solo la mejora en la calidad de la imagen, sino la relocalización del trabajo creativo. Una parte visible de la habilidad del artista se desplaza hacia la especificación de restricciones, la iteración de instrucciones, el testeo de variaciones y la curación de resultados—actividades que se asemejan más a la dirección, la selección y la orquestación que a la construcción manual . La obra de arte emerge como un resultado negociado de la interacción con un sistema probabilístico.


El "lente de datos": cómo la IA aprende el lenguaje visual

El concepto más sugerente del artículo es el del "lente de datos" de la IA. A diferencia de la cámara fotográfica, que captura la luz de una escena real, la IA no ve el mundo directamente. En su lugar, fragmenta miles de millones de imágenes preexistentes en "tokens visuales" (unidades mínimas de información visual) y los asocia con "tokens lingüísticos" (palabras). De este modo, la máquina aprende un "lenguaje visual del mundo" que le permite, una vez entrenada, moverse de manera fluida y autónoma entre corrientes artísticas, estilos y épocas.

Este proceso tiene implicaciones profundas. Por un lado, permite una versatilidad sin precedentes: un modelo de IA puede generar una imagen en el estilo de Van Gogh, una fotografía hiperrealista o una abstracción geométrica con la misma facilidad. Por otro lado, plantea la pregunta de qué significa "originalidad" cuando el sistema se entrena con millones de obras existentes. Como señalan los autores, la fase de IA intensifica debates de larga data al redistribuir la agencia artística a través de instrucciones, prioridades del modelo, conjuntos de datos y selección posterior .

La agencia artística se vuelve, así, un concepto distribuido. Ya no reside únicamente en el artista, sino que se reparte entre:

  • Las instrucciones (cómo se formula la petición).

  • Las prioridades del modelo (lo que el algoritmo está predispuesto a producir).

  • Los datos de entrenamiento (qué culturas visuales están representadas y cómo).

  • La selección posterior (qué se acepta, se refina y se contextualiza).


El humanismo tecnológico como respuesta

Ante este escenario, Yang, Zou y Gao proponen un marco normativo-analítico al que denominan "humanismo tecnológico" . Este enfoque sitúa tres condiciones para una creación artística responsable mediada por IA:

  1. Delegación rastreable: la capacidad de seguir y comprender las decisiones tomadas por el sistema.

  2. Responsabilidad cultural situada: el reconocimiento de que los sistemas de IA no son neutrales, sino que reflejan sesgos y valores culturales.

  3. Transparencia infraestructural: la necesidad de que los artistas, educadores y museos comprendan las condiciones técnicas y económicas en las que operan los sistemas generativos.

El humanismo tecnológico no es un rechazo de la IA, sino una invitación a usarla con criterio, a no delegar en ella decisiones que requieren juicio humano, a mantener la integridad cultural en el contexto de la producción algorítmica . Los autores concluyen su artículo con principios operativos para que artistas, educadores y museos puedan evaluar y sostener la agencia y la integridad cultural bajo la producción algorítmica .


Conexión con la investigación sobre el origen del arte (S/Y/C)

El análisis de Yang, Zou y Gao resuena con la investigación que venimos desarrollando sobre el modelo S/Y/C del funcionamiento neuronal y la Ley de coherencia biológica (Mallo, 2023, 2025, 2026a, 2026b). El "lente de datos" de la IA y sus implicaciones para la creación artística pueden reinterpretarse a la luz de nuestras tres dimensiones.

La dimensión S (Supervivencia) se manifiesta en la dependencia de los sistemas de IA de grandes conjuntos de datos que reflejan las culturas visuales existentes. Esta dependencia no es neutral: los datos incorporan sesgos, exclusiones y relaciones de poder. La IA, al aprender de estos datos, puede perpetuar y amplificar esas desigualdades. El humanismo tecnológico, al exigir transparencia y responsabilidad cultural, es una forma de atender a la supervivencia de las diversas tradiciones artísticas frente a la homogeneización algorítmica.

La dimensión Y (Symbolon) es central en el proceso de tokenización que describen los autores. La IA fragmenta las imágenes en tokens visuales y los asocia con tokens lingüísticos, creando un puente entre lo visual y lo verbal. Pero este symbolon —este acto de reconocimiento mediante códigos compartidos— es profundamente diferente del que realiza un artista humano. El artista no solo combina tokens, sino que habita los símbolos, los carga de significado personal y cultural. La IA, por el contrario, manipula símbolos desde fuera, sin una experiencia vivida que los sostenga.

La dimensión C (Completitud) se manifiesta en el proceso de selección y curación que los autores identifican como parte central del trabajo del artista en la era de la IA. El artista que trabaja con modelos generativos no solo genera imágenes, sino que selecciona, refina y contextualiza, buscando una totalidad coherente. Pero esta completitud es diferente de la que busca el artista tradicional: el artista humano busca cerrar una forma desde la experiencia interna; el artista con IA busca cerrar un proceso desde la interacción con un sistema probabilístico.

La Filosofía Quirúrgica nos invita a aplicar un corte analítico preciso al análisis de Yang, Zou y Gao. No se trata de rechazar la IA ni de aceptarla acríticamente, sino de distinguir niveles: el nivel de la producción técnica (donde la IA es una herramienta poderosa), el nivel de la experiencia estética (donde la IA no puede reemplazar la subjetividad encarnada) y el nivel de la responsabilidad cultural (donde el humanismo tecnológico ofrece un marco ético). La IA puede ser una aliada en la creación artística, pero no puede ocupar el lugar del artista como fuente de intencionalidad y significado.


Consideraciones finales: el arte como encuentro entre lo humano y lo algorítmico

El artículo de Yang, Zou y Gao tiene el mérito de ofrecer una visión lúcida y bien informada de la transformación digital del arte. Su periodización en tres fases ayuda a entender que la irrupción de la IA no es una ruptura absoluta, sino la continuación de un proceso que comenzó con la digitalización y se intensificó con la plataformización. Y su propuesta de un humanismo tecnológico ofrece un marco ético para navegar este nuevo territorio.

La IA, como el "lente de datos" que describen los autores, no captura la luz de una escena real, sino que fragmenta y recombina el legado visual de la humanidad. Esto le permite una versatilidad impresionante, pero también la despoja de la conexión con la experiencia vivida. El arte, en su origen y en su función, no es solo combinación de formas, sino encuentro entre subjetividades encarnadas. La IA puede facilitar este encuentro, pero no puede ocupar el lugar de ninguno de los dos polos.

Ahora bien, ¿qué ocurriría si trasladáramos este mismo esquema —digitalización, asimilación, reformulación— al sistema biológico que dio origen al arte? Si la IA comienza con la digitalización de imágenes preexistentes, el sistema nervioso originario comenzó con la digitalización del conocimiento de su nicho vivencial: la información necesaria para lo más fundamental, sobrevivir. Ese nicho fue después asimilado en función de sesgos propios, moldeados por la relación con el entorno natural y por las propias funciones biológicas, cuyo primer imperativo era la supervivencia y, más tarde, otras necesidades igualmente fundamentales.

Por último, quedaría lo que podríamos llamar la "IA de la prehistoria" : aquella función neuronal primigenia capaz de reformular y conceptualizar, a partir de las posibilidades del propio sistema biológico, el interés de supervivencia y la búsqueda de completitud, para aplicarlas a la práctica. ¿Fue esa la inteligencia artificial del pasado? ¿Fue ese el primer algoritmo encarnado que permitió a nuestra especie crear símbolos, herramientas y arte? La pregunta queda abierta.

Y es precisamente esa apertura la que define nuestra investigación. La IA contemporánea nos ofrece un espejo inesperado: al observar cómo fragmenta, asimila y recombina el legado visual de la humanidad, podemos comprender mejor cómo el propio sistema nervioso, hace decenas de miles de años, fragmentó, asimiló y recombinó el mundo para crear algo radicalmente nuevo. El arte, desde Makapansgat hasta los algoritmos generativos, sigue siendo el testimonio de una misma función: la de un sistema que necesita sobrevivir, simbolizar y completar sentidos.


Referencias bibliográficas

Mallo, B. (2023). La construcción neuro-simbólica. Una aproximación al funcionamiento del cerebro desde una perspectiva multidisciplinar [Tesis doctoral, Universidad del País Vasco - Euskal Herriko Unibertsitatea]. Repositorio ADDI. http://hdl.handle.net/10810/62701

Mallo, B. (2025). Arte y biología: Una aproximación neurofilosófica al origen de la experiencia estética. https://www.amazon.com/dp/B0E8Y5WZMK

Mallo, B. (2025). Art and biology: A neurophilosophical approach to the origin of aesthetic experience. https://www.amazon.com/dp/B0E8Y6C2XN

Mallo, B. (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57196

Mallo, B. (2026a). De la filosofía quirúrgica a la ley de coherencia biológica S/Y/C: Hacia una investigación sobre el origen del arte en la especie Homo [Versión Kindle]. https://www.amazon.com/dp/B0GYGTJD5C

Mallo, B. (2026b). From surgical philosophy to the law of biological coherence S/Y/C: Toward a study of the origin of art in the Homo lineage. https://isbn.bibna.gub.uy/catalogo.php?mode=detalle&nt=57197

Yang, H., Zou, Y., & Gao, B. (2026). From digitization to the AI era: Digital technology trajectories in fine-art creation. Asia Pacific Economic and Management Review, 3(1). https://doi.org/10.62177/apemr.v3i1.1086


Autor / Author


Bernabé Mallo
 Doctor en Filosofía – Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Investigador independiente en neurofilosofía, evolución humana y origen del arte.
 

Bernabé Mallo
 PhD in Philosophy – University of the Basque Country / Euskal Herriko Unibertsitatea (UPV/EHU)
 Independent researcher in neurophilosophy, human evolution, and the origin of art.

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